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Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero romance Capítulo 456

Cuando Lucía regresó a la casa de los García, Elena de García notó que se veía un poco débil y le preguntó: —¿Hay mucho estrés en el trabajo últimamente?

Lucía negó con la cabeza.

—Cristina también quiere volver a trabajar, pero yo digo que con los dos niños, los bebés son la prioridad en este momento.

—Mmm. —Lucía asintió; su cuñada, Cristina Quiroga, antes era profesora universitaria.

—Mamá, voy a ver a los bebés.

Justo cuando iba a subir las escaleras, recibió en su celular unas fotos de la corona. A pesar de que hace poco había empujado esa joya ruinmente bajo las ruedas de un auto, Lucía fue a encontrarse con Jimena Jiménez por culpa de esas fotos.

Jimena solo estaba probando suerte, nunca pensó que Lucía mordería el anzuelo tan rápido. Era evidente que Alejandro aún no le había entregado la corona.

Una vez que encontró a Jimena en la cafetería, Lucía, con el rostro serio, fue directa al grano: —¿Qué es exactamente lo que quieres?

—Si me ayudas, te devuelvo la corona.

Irónicamente, esta vez Jimena usó un tono suplicante.

A Lucía le pareció de lo más extraño.

Siempre había conocido a Jimena como alguien excesivamente arrogante y engreída.

—¿Todavía quieres los ochenta millones?

—Sí.

Pero el problema ya no era el dinero.

El hecho de que no pidiera ni un centavo más solo logró despertar la curiosidad de Lucía.

—¿Y cómo se supone que te ayude?

—Quiero acostarme con él.

Las pupilas de Lucía se encogieron, y su cuerpo se echó hacia atrás de forma instintiva. El desconcierto y la incredulidad inundaron su mirada. Segundos después, la sorpresa dio paso a un desprecio gélido y a la sensación de estar viviendo una escena absurda.

Miró a Jimena, que estaba dispuesta a todo, y una sonrisa fría y cargada de sarcasmo asomó en sus labios: —Señorita Jiménez, ¿tan lejos vas a llegar para conseguir lo que quieres que ya ni te importa la dignidad o la vergüenza?

—¿Acaso no lo viste con tus propios ojos? —Jimena forzó una sonrisa amarga y retorcida, con los ojos llenos de resentimiento—. Ese día de lluvia, tú te quedaste escondida en tu coche de lujo, mientras yo me mojaba. Lucía, solo recordar esa imagen debe hacerte sentir muy satisfecha, ¿no?

Lucía hizo un ademán de levantarse.

Desesperada, Jimena soltó: —Los hombres de Alejandro le cortaron un dedo a mi abuela. Mi madre descubrió que tú fuiste quien lo sedujo y arruinó nuestra relación, y lleva días queriendo ir a buscar a tu madre para armar un escándalo. Soy yo quien la ha estado reteniendo.

Lucía se quedó helada.

Jimena insistió: —Solo una vez, y te entregaré lo que quieres.

Lucía tomó una respiración profunda: —Te ayudaré solo esta vez. Funcione o no, me entregas la corona.

—Acepto.

En cuanto Lucía salió de la zona privada del café, Noel se acercó a ella: —¿Qué te dijo?

—Nada.

Todos esos días de estar atrapada en la red de Alejandro ya habían agotado el último rastro de su paciencia. Si seguía en esa misma situación, de verdad terminaría perdiendo la cabeza.

Lo único que necesitaba ahora era recuperar la corona.

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