¿Qué sentido tendría todo esto cuando ella ya estuviera muerta?
Gustavo giró la cabeza y posó su mirada sombría en su rostro pálido y demacrado: —¿Entonces los rumores son ciertos? ¿Alejandro Zavala te encerró y además estás esperando un hijo suyo?
Lucía curvó sus labios resecos. Durante unos segundos, los sangrientos recuerdos de su vida pasada inundaron su mente. Con tono burlón, respondió: —En mi vida pasada estuve embarazada de su hijo, y terminé en un charco de mi propia sangre, agonizando del dolor. ¿Tú crees que volvería a darle un hijo?
—Por supuesto que los rumores son mentira.
Durante esos dos o tres segundos de silencio, Gustavo ya lo había entendido todo.
Lucía lo miró, y un velo de súplica cubrió sus ojos: —Quiero decir, ya que tú también has renacido, ¿no podrías ayudarme? ¿Por qué solo te quedas mirando fríamente cómo ese canalla me destruye? Si somos los únicos en este mundo que hemos renacido, ¿no deberíamos apoyarnos mutuamente? ¡Siento que eres el único que puede ayudarme!
Gustavo pensó que no se trataba de apoyarse mutuamente, sino de hundirse juntos.
Lucía rogó: —Dime de una vez quién es esa universitaria. Iré a buscarla. ¿Acaso no me vas a ayudar?
Gustavo bajó la mirada. ¿Cómo podía decírselo? Esa universitaria de la que se enamoraría era una pura invención suya.
Levantó la vista y dijo: —Seré directo. Si sufres tanto, ¿crees que, si de verdad te quisiera, ignoraría tu dolor? El cariño que siente por ti es minúsculo.
Lucía se quedó de piedra. No había ido a buscarlo para saber cuánto la quería Alejandro.
Había ido para buscar la manera de deshacerse de él.
Gustavo sentenció: —Si yo fuera tú, simplemente me iría... Me iría muy lejos de este lugar.
Poco después, Lucía abrió la puerta y bajó del coche de Gustavo.
El vehículo de Noel se acercó en silencio, deteniéndose justo a su lado para recogerla.

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