—Destruyó a una familia feliz, mis parientes están tras las rejas, ¡y tú, como su madre, vives tranquila disfrutándolo todo! Por mucho que mi hija peleara, nunca iba a poder contra alguien como ella. Al final nos dejó en la ruina.
La expresión de Doña Elena permaneció impasible, y su tono fue gélido: —¿De qué hablas? Si terminaron así, fue por sus propios crímenes.
No quería perder el tiempo discutiendo con Margarita, así que le hizo una seña a la niñera para que alejara a los mellizos.
Este gesto enfureció aún más a Margarita, quien perdió los estribos y se abalanzó sobre Elena, tirándole del cabello y empujándola.
Doña Elena, acostumbrada a una vida de comodidades, no tenía mucha fuerza física y solo atinaba a defenderse torpemente, soltando algunos manotazos. Margarita, por el contrario, atacaba con fiereza, lanzando golpes rápidos y certeros.
Llena de indignación, Elena levantó la mano intentando agarrar el pelo de su atacante. Margarita esquivó el movimiento y la empujó con fuerza; Elena perdió el equilibrio y trastabilló hacia atrás.
Lucía acababa de estacionar el auto y, al presenciar la caótica escena a lo lejos, sintió que el corazón se le detenía.
—¡Mamá! —gritó.
Arrancó a correr, pero Noel fue mucho más rápida y llegó primero.
Para cuando Lucía alcanzó el lugar, Noel ya había derribado a Margarita contra el suelo con un movimiento impecable.
Lucía corrió a sostener a su madre, que estaba despeinada y respirando con dificultad.
—Mamá, ¿estás bien? —preguntó alterada.
Elena se apoyó débilmente en el hombro de su hija. Estaba furiosa y humillada. Se frotó la muñeca que tenía roja por los rasguños. Tardó un momento en recuperar el aliento antes de hablar: —Estoy bien, ve a revisar a los niños primero.

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