En la cancha de tenis, la luz del sol se reflejaba tenuemente sobre la superficie sintética.
Alejandro lanzó su chaqueta de manera despreocupada sobre una de las bancas. Su porte era firme y elegante, aunque llevaba impregnado un instinto salvaje que nadie podía domar; en su mirada había una arrogancia que mantenía a todos a raya.
Verónica y su hermana, Leticia, lo observaban desde el área de descanso.
La mirada de Leticia se paseaba entre los dos hombres en la cancha, cuyas presencias llamaban la atención de quienes pasaban.
—Es un duelo entre genios —dijo Leticia—. Como yo nunca fui buena estudiante, ni siquiera me atrevo a mirar a Alejandro a los ojos. Siento que con solo una mirada sabría lo tonta que soy.
Verónica se rio ante el comentario de su hermana.
Sin embargo, tras un par de sets, era evidente que, aunque Salvador Montero era bastante apuesto, su resistencia no se acercaba ni por asomo a la de Alejandro; terminó perdiendo casi todos los puntos. Las únicas dos veces que anotó, dio la impresión de que Alejandro lo había dejado ganar a propósito.
—¡Hermana, qué partidazo te conseguiste! —exclamó Leticia—. Mi pobre Salvador ya no da para más.
Verónica sonrió: —Salvador lo hizo bastante bien.
Todos estaban allí solo para relajarse y nadie se tomó el juego demasiado en serio.
Leticia bromeó con tono dulce: —En el futuro voy a necesitar la protección de mi hermana y de mi cuñado. Por cierto, ¿ya tienen fecha para las fotos de boda?
Las mejillas de Verónica se tiñeron de un rojo suave y esbozó una sonrisa tímida. —Él se va de viaje de negocios, las tomaremos en cuanto regrese.
Leticia habló con total sinceridad: —Él fue tu primer amor. Nunca imaginé que cumplirías tu sueño tan rápido. Muchas felicidades a los dos.
Al escucharla, Verónica volvió a sonreír, sus ojos revelando una suave y profunda felicidad.
Cuando salieron de la cancha, Verónica le entregó una botella de agua a Alejandro. Él la aceptó, le dio las gracias y bebió un par de tragos por mera cortesía.
Tras descansar un momento, Salvador propuso: —Es raro que coincidamos todos. ¿Por qué no vamos a cenar juntos?
Alejandro miró el reloj en su muñeca y su tono fue distante: —Lo dejaremos para otro día. Mañana me voy de viaje y todavía tengo trabajo que revisar en casa.
—¿Ni siquiera tienes tiempo para una cena rápida? —insistió Salvador.
—No —respondió Alejandro con sequedad. Tomó su chaqueta de la banca, se despidió de Verónica con una frase escueta y se marchó.
Alejandro ni siquiera se ofreció a llevarla, lo que dejó a Verónica sintiéndose un poco desilusionada.


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