Al día siguiente, mientras Lucía trabajaba, surgieron problemas graves en la oficina de Julio.
Una serie de contratos importantes que Julio estaba manejando estaban a punto de cerrarse. Llevaban años trabajando con esos clientes y el acuerdo era prácticamente un hecho; los pagos completos estaban programados para esa misma semana. Sin embargo, de la noche a la mañana, la otra parte canceló los pedidos unilateralmente.
—¿Cómo es posible que se haya caído todo de repente? —El corazón de Lucía dio un vuelco.
El asistente de Julio estaba al borde del pánico: —Perder el contrato es solo la punta del iceberg. Lo peor es que el señor Julio, previendo que los precios de los materiales se dispararían, invirtió una fortuna en acaparar materias primas. Y lo peor de todo es que son componentes personalizados exclusivamente para ese cliente. Ahora que cancelaron, tenemos las bodegas llenas de mercancía que no le sirve a nadie. Estamos en graves problemas.
Lucía sintió una opresión en el pecho y frunció el ceño instintivamente. —¿Por qué mi hermano hizo algo tan arriesgado?
—Lo hizo pensando en asegurar los costos. Como llevan tantos años trabajando juntos, creyó que era seguro invertir para evitar la subida de precios. Nadie imaginó que un cliente de toda la vida nos dejaría tirados a última hora.
Tras escuchar al asistente, Lucía sintió que el mundo se le venía encima. A la hora del almuerzo, apenas probó bocado en el comedor de la empresa. Subió un par de veces a la oficina de presidencia a buscar a Julio, pero estaba vacía. Seguramente él andaba corriendo de un lado a otro intentando apagar el incendio.
Llegó la hora de la cena.
Toda la familia estaba sentada a la mesa cuando Julio cruzó la puerta principal, arrastrando los pies. Su rostro estaba pálido y demacrado, y la tensión y el agotamiento emanaban de cada poro de su cuerpo.
Al verlo así, la frustración de Lucía estalló: —¡Cuántas veces te he dicho que no acapares materiales personalizados! Hay proveedores de sobra en el mercado, nunca nos ha faltado mercancía. Sabes cuánto detesto las compras especulativas. Aunque los precios suban, lo peor que puede pasar es que busquemos a otro fabricante, ¡no tienes por qué apostar todo nuestro capital de un solo golpe!
A Julio le latían las sienes. Que lo regañara enfrente de todos fue la gota que derramó el vaso: —¿Puedes dejar de hablar de trabajo mientras cenamos? Llevo todo el puto día en la calle partiéndome la espalda, ¡y llego a mi casa solo para que me sermonees! ¿Así quieres que vivamos?
Cristina se apresuró a tomarle el brazo, dándole un suave tirón para pedirle que se calmara.
Doña Elena intervino rápidamente, tratando de suavizar la tensión: —Ya basta, los dos. Lucía, tú eres la hermana menor. Tu hermano es el que maneja la empresa ahora. Debes tenerle un poco más de paciencia con las decisiones de negocios...

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