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Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero romance Capítulo 546

Al ver que Julio se había quedado petrificado, incapaz de articular palabra, Lucía sintió que el corazón se le encogía. Bajó las escaleras a toda prisa y le arrebató la lujosa invitación de las manos.

Sus ojos se clavaron en la impecable caligrafía dorada:

Novio: Alejandro Zavala.

Novia: Jimena Jiménez.

Esos simples nombres la golpearon con la fuerza de un huracán, provocándole un mareo tan intenso que casi le hizo perder el equilibrio.

Se obligó a mantenerse en pie y, sin perder un segundo, llamó a la comisaría. Semanas atrás, cuando Margarita había provocado aquel altercado, Lucía se aseguró de utilizar sus contactos para que le dieran seis meses de prisión. Pero la respuesta del oficial al otro lado de la línea destruyó su única esperanza: Margarita había sido liberada bajo fianza hace un mes.

Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo y el peor de sus temores empezó a tomar forma: ¿acaso Tomás Torres y su prima Daniela también estaban libres?

Julio se quedó en silencio unos instantes y luego llamó a Diego Paredes para averiguar qué había pasado. Al colgar, su rostro estaba sombrío:

—El incidente de Alejandro en Medio Oriente... la persona que recibió el disparo no fue él, fue Jimena. Ella se interpuso en la trayectoria de la bala y le salvó la vida.

Cristina, sentada en el sofá, frunció el ceño con preocupación: —¿Y él no regresó en todo este mes porque se quedó cuidándola?

—Supongo que sí... —Julio giró instintivamente a mirar a Lucía. Su rostro estaba tan pálido como el papel, y sus labios habían perdido todo rastro de color.

—¿Y qué pasa con la señorita Valdés? —preguntó Lucía, aferrándose aún a la esperanza de que Verónica siguiera en la ecuación.

—¿La señorita Valdés? Ay, con todo esto casi lo olvido... Quien le disparó a Alejandro fue el exnovio de Verónica. Ya sabes, el tipo al que ella dejó. El resentimiento y el despecho lo llevaron a querer matar a Alejandro.

Todo había terminado.

Con cada nueva revelación, Lucía sentía que la cabeza le iba a estallar. El pecho se le oprimió tanto que le faltaba el aire.

Cristina se levantó rápidamente y la sostuvo por el brazo: —Lulú, ¿estás bien?

Lucía esbozó una sonrisa rota y forzada, con la voz temblorosa: —Es el fin de los García.

Cristina se quedó helada.

Julio frunció el ceño: —No exageres. Recuerda que tienes a tu hermano aquí para protegerte.

Esas palabras. En su vida pasada también había dicho: "Tienes a tu hermano", y terminó quitándose la vida, abandonando a su esposa y a ella a su suerte.

La desesperación rompió el último hilo de cordura de Lucía. Apretó la invitación y empezó a tirar de ella con todas sus fuerzas, pero el cartón grueso y laminado no se rompía. Con los ojos inyectados en sangre, perdió el control y se la llevó a la boca, intentando destrozarla a mordiscos.

Julio y Cristina la miraron aterrorizados e intentaron detenerla de inmediato.

Julio, asustado y con el corazón en un puño, le gritó: —¿Te volviste loca? Si te duele tanto, ¿por qué insististe en alejarlo?

Con la voz quebrada, Lucía preguntó: —¿Él ya volvió, verdad?

—¿Qué pasa? ¿Vas a ir a buscarlo? —Doña Elena salió del pasillo. Al ver a su hija llorando y fuera de sí, su rostro se oscureció y estalló en furia.

—¡Lucía, la familia García no puede permitirse esta humillación! —la reprendió con dureza— ¡No importa si Alejandro termina casándose con la señorita Valdés o con Jimena, ya no tiene nada que ver contigo! ¡Mírate, haciendo este berrinche!

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