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Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero romance Capítulo 550

En su sueño, el pasado se repetía una y otra vez. Él y Lucía debieron haber tenido a ese hijo, fruto de su amor. Pero luego, un subordinado le informaba que ella había perdido al bebé. Él conducía a toda velocidad hacia el hospital, solo para encontrar a Lucía destrozada, llorando a gritos mientras lo maldecía con todo su ser.

Alejandro, sin querer alterarla más, intentaba consolarla diciéndole: "Tendremos más hijos en el futuro".

Pero en el fondo, ambos sabían que eso jamás ocurriría.

Para ese entonces, su relación con Jimena Jiménez ya era un secreto a voces.

Al salir de la habitación del hospital, se topó de frente con Camilo Zavala, quien sostenía un ramo de flores en el pasillo.

Camilo alzó las flores con una sonrisa socarrona: "Vine a visitar a Lucía. ¿Cómo sigue?"

El rostro de Alejandro se oscureció de inmediato. Sin tiempo para formalidades, le respondió con frialdad: "Si vas a entrar, entra ya".

Camilo entró a la habitación.

Alejandro ya se había alejado, pero un impulso inexplicable lo hizo regresar a la puerta.

Justo a tiempo para escuchar a Camilo decir: "Lucía, no llores más. Mi hermano dijo que no importa si perdieron a este bebé. Él y Jimena tendrán muchos otros hijos en el futuro".

Cuando Camilo salió, Alejandro lo agarró por el cuello y lo estrelló con violencia contra la pared: "¿No puedes medir tus palabras? Está débil, ¿había necesidad de lastimarla así?"

Camilo escupió con desdén: "¿No se supone que ya no la soportas? Solo dije lo que tú mismo piensas, ¿por qué te haces el santo? Además, si hubieras medido tus palabras con mi tutora en el pasado, ella jamás habría muerto en ese accidente, ¿verdad?"

...

Mansión Zavala.

Muy temprano en la mañana, Leonor de Zavala y Camilo estaban desayunando.

Ninguno esperaba ver a Alejandro entrar a esa hora. Tenía unas ojeras oscuras y profundas, y un aura de furia homicida lo rodeaba. Caminó directo hacia el comedor y se detuvo frente a ellos.

Leonor fue la primera en dejar la cuchara de plata sobre la mesa. Su voz estaba cargada de preocupación:

—¿Por qué llegas de repente? Tienes muy mal semblante. ¿No pudiste dormir?

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