Al llegar a la empresa, Mateo Vicario le informó:
—La Srta. Jiménez ya está aquí.
Alejandro Zavala asintió con el rostro inexpresivo.
Efectivamente, al entrar al último piso, Jimena Jiménez lo estaba esperando.
—Alejandro, buenos días —dijo ella, visiblemente emocionada por haber vuelto a estar a su lado. Tenía las mejillas sonrosadas y se veía radiante.
Alejandro la observó sin inmutarse.
—Ayer Lucía García fue a la Finca de La Luz. Quería que cambiara de opinión.
La sonrisa de Jimena se congeló al instante. Sintió como si una mano invisible le estrujara el corazón. Se apresuró a preguntar:
—¿Y qué le dijiste?
Los rumores aún circulaban en los altos círculos de la ciudad, diciendo que Alejandro y Lucía habían pasado días aislados en la montaña, compartiendo noches enteras. Al recordar lo íntimos que habían sido y las largas madrugadas que ella misma había pasado parada afuera de la Finca de La Luz sin ver salir a Lucía, la sola idea de lo que Alejandro le habría hecho a esa mujer le provocaba un dolor punzante en el pecho.
Alejandro respondió con total tranquilidad: —Le dije que voy a casarme contigo. Obviamente no le permití quedarse a dormir.
Al escuchar eso, el nudo en el pecho de Jimena se deshizo. Su espalda, antes rígida, se relajó, y dejó escapar un largo suspiro de alivio.
Sin embargo, al salir del edificio del Grupo Zavala, una espina seguía clavada en su orgullo.
De inmediato tomó su celular e hizo una llamada.
—No puedo creer lo descarada que es Lucía. ¡Tuvo el atrevimiento de ir a buscarlo a la Finca de La Luz! Menos mal que Alejandro no cayó en su juego. Prepárense, vamos a ir a la casa de los García ahora mismo.
Al otro lado de la línea, Margarita de Jiménez aún temía represalias.
—¿No crees que eso enfurecerá a Alejandro?
—Alejandro ha cambiado. Desde que recibí esa bala por él, ya ni siquiera considera a Lucía. Ahora me pertenece por completo y no me oculta nada...
Margarita suspiró aliviada.
Rápidamente reunió a Daniela y a otras mujeres de la familia, y juntas se dirigieron en caravana hacia la residencia de los García.
Ese día, Lucía no fue al Consorcio García. Durmió hasta tarde y, cuando finalmente se levantó, tenía la voz nasal y ronca; era evidente que había pescado un fuerte resfriado.
—¿No descansaste bien?
Cristina notó que su cuñada estaba enferma.
—Lucía, aunque la empresa esté pasando por un bache, no deberías angustiarte tanto. Elena me dijo que anoche regresaste muy tarde...

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