Al sentarse en la mesa, Lucía no perdió tiempo y le lanzó una advertencia para que se fuera: —Vete de una vez. En la familia García no eres bienvenido.
Al decir esto, estiró un brazo y lo cruzó sobre la silla vacía que estaba a su lado, impidiendo de forma clara que Alejandro se sentara.
Julio, que estaba sentado enfrente, bromeó con tranquilidad, arrastrando las palabras: —Lucía, déjalo que se siente. Antes, el famoso Sr. Zavala nos miraba por encima del hombro. Pasaba años sin pisar nuestra casa, y las contadas veces que nos llamaba en Año Nuevo era porque sus padres lo obligaban. Es un verdadero milagro que quiera cenar con nosotros. Se podría decir que hoy ilumina nuestro humilde hogar.
Elena, viendo cómo los hermanos se pasaban la pelota con sarcasmo para atacar a Alejandro, preguntó confundida: —¿Qué les pasa a ustedes dos hoy?
Cristina jaló la manga de Julio en un intento de callarlo. Esa tarde, ella se había dedicado a alabar el vestido de alta costura, los bolsos de edición limitada y hasta el estilista personal que Alejandro le había proporcionado a Lucía, dejando muy claro cuánta envidia sentía. Hasta llegó a insinuar que Julio no se desvivía por ella como Alejandro lo hacía con su hermana. A Julio le había cambiado la cara en ese instante y, aunque se controló en el banquete, seguramente al llegar a casa se había acordado y ahora estaba usando el sarcasmo en contra de su cuñado para desquitarse.
Noel, sintiendo escalofríos en la nuca, se puso de pie rápidamente y se ofreció: —Sr. Zavala, por favor, ocupe mi asiento.
Por su negligencia de ese mismo día, Noel tenía que caminar de puntitas, tratando de mantener un perfil bajo.
Pero Alejandro la ignoró. También hizo caso omiso de la barrera que Lucía había puesto; le apartó la mano con firmeza, retiró la silla y se sentó sin problemas.
Con total naturalidad, tomó los cubiertos, dio un bocado y comentó con calma: —La comida está riquísima hoy.
—¡No se queden mirando, empiecen a comer!...
Julio agarró sus cubiertos al notar que los demás también empezaban a comer.
—Come... come... —Horacito parecía haber entendido. Asintió inocentemente mientras agarraba la cuchara con sus manitas gordezuelas y se metía la comida en la boca con obediencia.
Julio notó que, comparado con él mismo que era su padre, Horacito parecía mucho más apegado a Alejandro. Aunque Alejandro siempre fuera frío y no sonriera mucho, el pequeño no le tenía miedo, y de vez en cuando le estiraba los bracitos para que lo cargara.


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