El desayuno apenas acababa, y Béisbol, apoyado en el pecho de Alejandro, no dejaba de repetir con su dulce vocecita: —A... Alpaca... —Al escuchar el balbuceo, Alejandro entendió de inmediato. Hacía unos días, Ricardo Zavala había enviado dos dóciles alpacas que acomodaron en el amplio césped del patio trasero de la Finca de La Luz, compradas especialmente para entretener al pequeño.
Padre e hijo salieron al jardín. Alejandro pidió a una empleada que cortara zanahorias en tiras, se las puso a Béisbol en su manita y lo ayudó a dárselas poco a poco a las alpacas. Al pequeño le brillaban los ojitos y no dejaba de reír a carcajadas.
En el dormitorio principal, Lucía dormía profundamente hasta que el tono de su celular la despertó. Aún somnolienta, tomó el teléfono y contestó. Del otro lado se escuchó la voz de Julio, cargada de confusión: —¿Qué fue lo que le dijiste a Cristina ayer?
—¿Y por qué anoche llegó escoltada por los guardaespaldas?
Lucía, con la cabeza un poco nublada aún, poco a poco fue reaccionando. La noche anterior, consumida por el agobio, no tuvo energía para pensar en nada más, así que fue Alejandro quien se encargó de mandar a los guardias a dejar a Cristina.
—¿Ella está bien?
—Volvió en un estado terrible, llorando, y me confesó que me fue infiel emocionalmente. Pero, por más que le insistí, no quiso decirme quién era el otro. Decía que no merecía mi perdón, me rogaba que no nos divorciáramos, e hizo un escándalo abrazando a su hija, amenazando con matarse.
Lucía no esperaba que su cuñada se atreviera a confesarlo. —Me imagino que mamá se habrá preocupado mucho al escucharla...
—Mamá estaba en su cuarto en la planta baja, con la puerta cerrada rezando, así que no escuchó nada.
Tras decir esto, Julio preguntó: —Cristina se la pasa de la casa al trabajo, casi ni sale. ¿Con quién se va a involucrar? Me ruega perdón, pero no suelta el nombre del tipo. ¿Tú crees que deba perdonarla?
Lucía se frotó las sienes. —La respuesta a eso la tienes tú. Los problemas de pareja los tienen que resolver entre ustedes, no tienes que venir a preguntarme a mí...
Julio se quedó desconcertado. Su hermana siempre se había entrometido con entusiasmo en sus asuntos de pareja, pero ahora se mostraba indiferente y distante, claramente sin ganas de involucrarse. No le quedó de otra más que colgar.
Lucía se levantó, se lavó y bajó a desayunar. Desde el gran ventanal la vista era abierta; al levantar la mirada, vio claramente a Alejandro acompañando a Béisbol a darle de comer a las alpacas. Una escena de lo más relajada.
Como si hubiera sentido su mirada a través del cristal, Alejandro alzó la vista y sus ojos se cruzaron con los de ella. Una ligera sonrisa se dibujó en sus labios, le señaló a Béisbol dónde estaba su mamá y agitó la mano hacia ella a lo lejos.
Poco después, Alejandro entró tranquilamente cargando al niño. Apenas vio a Lucía en la mesa, Béisbol la llamó con su voz tierna: —Mamá...

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