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Tu desprecio fue mi suerte: En los brazos del hombre que te arruinó romance Capítulo 10

Hanna contestó el teléfono.

—Buenas noches, ¿hablo con la señorita Mendoza? Nos comunicamos del Hospital Central de la Capital. Lamentamos informarle que la salud de su abuela, la señora Sofía Mendoza, ha decaído críticamente. Acabamos de reanimarla, pero tememos que se encuentra en su última etapa.

Está pidiendo verla a usted y a su esposo. Por favor, vengan lo más rápido que puedan, o podría ser demasiado tarde.

—¿Qué? —Hanna se levantó de la cama, incapaz de procesar el golpe—. ¡No! ¡Esto no puede estar pasando!

El médico, apenado, intentó prepararla: —Señorita Mendoza, entiendo su dolor, pero es vital que usted y su esposo se presenten ya mismo. Si se demoran un poco... no lograrán despedirse.

Por más que no quisiera aceptarlo, era una realidad ineludible. —Voy a perder a mi abuela, me quedaré sin mi abuela... —rompió en llanto.

Su abuela era su única familia, la persona que la crio con tanto sacrificio y el único ser que realmente le importaba en el mundo.

Hanna se preparó para salir corriendo, con las lágrimas escurriéndole por el rostro sin control. Recordó que el médico había dicho que su abuela deseaba verla a ella y a Luciano.

Con la garganta echa un nudo, aferró la mano del hombre: —¿Podrías acompañarme al hospital? Quiero que la veas por última vez.

Desde que había perdido al bebé, su abuela intuía que algo se había quebrado en ese matrimonio. Cuando Hanna se casó, lo hizo llena de ilusión, y su abuela dio su bendición con toda la esperanza de que su nieta fuera feliz.

Cuando quedó embarazada, le mandaba caldos de gallina y todo tipo de remedios caseros para nutrirla. Pero todo terminó destruido por culpa de Rocío.

Al final, la abuela siempre se preocupó mucho por su soledad, y rogaba al cielo que la pareja lograra tener otro hijo para que Hanna no quedara desamparada si algún día decidía divorciarse.

Por eso, para que la mujer que más la amaba en el mundo pudiera irse en paz y sin agobiarse por su matrimonio fallido, Hanna realmente deseaba que Luciano la acompañara.

Luciano se quedó mirándola sin pronunciar palabra.

Hanna bajó las escaleras a toda prisa, se subió al auto y le ordenó al chofer que la llevara al Hospital Central de la Capital.

Al cruzar la puerta de la habitación, Hanna se paralizó. Dejó caer el bolso al suelo y corrió desesperada hacia la cama.

—¡Abuela!

Su abuela siempre había sido frágil y pasaba largas temporadas internada, pero esta era la primera vez que estaba conectada a un ventilador artificial.

La máquina emitía un sonido mecánico y reseco, como un estertor de muerte.

Hanna se desplomó llorando desconsoladamente: —Abuelita... ¿qué pasó? ¿Por qué empeoraste tan de repente?

La anciana abrió los ojos con mucha dificultad, y en su mirada marchita brilló una última chispa de luz: —Hani... mi niña, por fin llegaste...

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