Hanna entendió la indirecta al vuelo. A él no le importaba en lo más mínimo si estaba exhausta o no; lo único que quería era que se metiera a la ducha para después cumplir sus caprichos en la cama. Y si no se bañaba, le daba igual; sabía que se había aseado antes de tomar el vuelo.
El hombre rodeó su cintura baja con fuerza y se dispuso a levantarla con un solo brazo.
Pero ella se escurrió de su agarre y exclamó: —¡No me toques! ¡Aléjate de mí!
Luciano notó el repudio, y apretó los labios: —Hani, ¿de verdad sigues enojada? Rocío acaba de volver y no tenía a dónde ir. Va a quedarse un tiempo, no pensé que fueras a portarte tan egoísta por algo así.
—¿Que no tiene a dónde ir? —Hanna soltó una carcajada amarga—. ¿Qué, todos los hoteles de la ciudad cerraron? ¿O es una niña que no sabe rentar un departamento?
Luciano frunció el ceño: —Ella quiso instalarse aquí. Tiene depresión, y le hace bien estar cerca de Camilito para su recuperación. Hani, no seas así, solo será por un tiempo, ni te vas a enterar.
Hanna replicó en tono afilado: —Me parece perfecto. Pero si quieres acostarte con alguien, ve y búscate a Rocío. Mira qué comprensiva soy, que dejo que mi marido le vaya a destapar la cañería a otra.
El rostro de Luciano se desencajó. Jamás esperó que de la boca de Hanna saliera una vulgaridad tan grande.
Aunque luego pensó que lo entendía.
A fin de cuentas, Hanna venía de un entorno humilde; había crecido rodeada de ese lenguaje corriente, jamás podría igualar la clase de alguien como Rocío.
Reprimiendo su enojo, se convenció de que ella solo estaba dolida. Después de tantos años de casados, ya se había acostumbrado al cuerpo de Hanna, y además... desde aquel incidente hace cinco años, había tenido ciertos problemas para intimar con Rocío.
Sí, aún deseaba a Hanna. Trató de calmarla con voz ronca: —Solo será una vez...
Y se inclinó para besarla.

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