—Abuelita, ya estoy aquí, soy yo, Hanna.
Hanna rompió a llorar.
—Perdóname, abuela. Fue mi culpa por estar en el extranjero todo este tiempo. No me di cuenta de que tu salud había empeorado tanto. Si lo hubiera sabido, te habría llevado conmigo para que recibieras tratamiento; allá la medicina es mucho mejor.
La anciana la escuchó, esbozó una sonrisa débil y negó con la cabeza.
—Mi niña, nacer, envejecer, enfermar y morir es la ley de la vida. Sé muy bien que mi momento se acerca. A estas alturas, no importa a dónde vayamos, este cuerpo ya no da para más.
—No, no digas eso, abuelita. ¡Resiste, por favor! Encontraré la forma de curarte. No puedo perderte, abuela... no me dejes.
Las lágrimas de Hanna brotaron como un río desbordado. Sentía que le arrancaban el corazón. Su abuela era su única familia, la persona que más la amaba en este mundo.
—Hanna, no llores. Tener una nieta tan buena como tú ha sido mi mayor bendición; me voy sin remordimientos. Lo único que me duele es dejarte sola...
La anciana la miró con infinita ternura.
—¿Tú y Luciano... ya se arreglaron?
La voz de la mujer mayor se apagó mientras su mirada se perdía en la puerta vacía de la habitación del hospital, buscando inútilmente la silueta de su nieto político.



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tu desprecio fue mi suerte: En los brazos del hombre que te arruinó