En ese preciso instante, un estruendo ensordecedor sacudió la habitación.
¡CRASH!
Julián dio un salto, girando la cabeza hacia la entrada.
La puerta había sido destrozada. Un grupo de guardaespaldas irrumpió en el lugar, con la mirada clavada directamente en Hanna, quien yacía en la cama.
Julián intentó ponerse de pie, pero un brutal puñetazo lo mandó de vuelta al suelo. Mientras él se retorcía, los hombres envolvieron a Hanna con cuidado en las sábanas y la sacaron de allí en cuestión de segundos.
Hanna fue evacuada del edificio.
Afuera, un imponente automóvil de lujo esperaba con el motor en marcha. En el asiento trasero se encontraba un hombre vestido con un impecable traje blanco hecho a la medida, irradiando un aura de poder absoluto.
La puerta se abrió y una mujer, hirviendo en fiebre, fue depositada en sus brazos.
La visión de Hanna estaba completamente nublada, su mente se perdía en un laberinto. El calor abrasador que consumía su cuerpo hizo que, por puro instinto, buscara refugio en lo único que se sentía fresco.
El traje de Damián Quintana era tan blanco y frío como la nieve.
Él mismo emanaba una frialdad cortante, así que Hanna se acurrucó contra su pecho, frotándose como si quisiera fundirse con él.
Damián sostuvo su cintura, frágil y suave, y bajó la mirada hacia el rostro que reposaba en su pecho.
El auto arrancó a toda velocidad, alejándose del lugar.
El rostro de Hanna estaba teñido de un rojo intenso, su cuerpo laxo, sin una gota de fuerza. Mechones de cabello se pegaban a sus mejillas empapadas en sudor. El calor era tan insoportable que gruesas gotas resbalaban por su frente, dejando claro que esto no era una fiebre normal.
Sus labios rojos estaban entreabiertos, sus ojos desenfocados, y de su boca escapaba un aliento ardiente mientras murmuraba algo ininteligible.
La mirada siempre gélida de Damián vaciló por un segundo.
Inclinó la cabeza, acercando el oído a sus labios, y logró distinguir una palabra:
—Agua... agua...
Damián tomó una botella que tenía a un lado, la abrió y se la acercó. Hanna, desesperada, echó la cabeza hacia atrás y empezó a tragar con tanta ansia que terminó atragantándose.
Comenzó a toser violentamente, temblando de pies a cabeza, como si sufriera un dolor agónico.
Damián notó que sus labios estaban a punto de ponerse morados por la falta de aire.

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