Al llegar al estacionamiento subterráneo de la residencia, Damián tomó a Hanna en brazos de inmediato. Mientras caminaban hacia el interior de la casa, le susurraba palabras de consuelo para que dejara de llorar.
El cuerpo de Hanna era increíblemente delicado.
Sostenida por los fuertes brazos de Damián, parecía no pesar absolutamente nada.
A pesar de sus forcejeos, apenas tenía fuerza. En su estado de inconsciencia, se veía como una niña pequeña y enferma refugiándose en él.
La llevó directamente a la recámara y la recostó con suavidad sobre la cama.
En ese momento, los ojos de Hanna recobraron un poco de lucidez. No recordaba exactamente qué había pasado, pero al fijar la vista en el hombre que tenía enfrente, su corazón dio un vuelco.
Se asustó, pensando por un segundo que era Julián Serna. No podía creer que él hubiera llegado a esos extremos y la hubiera encerrado en una habitación contra su voluntad.
Pero cuando el pánico comenzó a ceder, analizó las facciones del rostro frente a ella.
Vio esos ojos profundos, pestañas espesas y cejas definidas que le daban un aire frío, pero innegablemente atractivo.
Sus pestañas inferiores eran tupidas, casi como un pincel, pero lo que más destacaba era el negro abismal de sus pupilas.
La miraban con una intensidad devoradora, como un espíritu del mar arrastrándola a las profundidades.
Hanna, al fin y al cabo, era una mujer, no una adolescente asustadiza.
Y toda la represión emocional que llevaba acumulada estalló de golpe, desbordándose como una presa rota. Ni ella misma esperaba esa reacción.
Al confirmar que el hombre que la cuidaba era Damián Quintana, sintió un impulso irracional de aferrarse a él, de no dejarlo ir.
Damián, sintiendo que ya la había dejado a salvo, hizo el amago de darse la vuelta.
Pero en el siguiente segundo, unos brazos delgados y ardientes se enroscaron con fuerza alrededor de su cintura.
Hanna ardía en fiebre. Su cuerpo era un horno contra el de él.
Damián se tensó por completo y la miró con frialdad.
—¿Qué te pasa?
Hanna se aferró aún más a él, levantó el rostro y, sin poder evitarlo, rompió a llorar.
Damián detuvo sus pasos, incapaz de alejarse.
Sus ojos estaban inundados en lágrimas, mirándolo con una vulnerabilidad casi coqueta, mientras apoyaba la mejilla contra su pecho.
Su voz salió ronca y pastosa:

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