Damián había exigido específicamente a una doctora. La especialista se acercó para revisar a Hanna y, tras un par de minutos, le informó la situación.
—Señor Quintana, esto no es una fiebre común. No me atrevo a administrarle medicamentos sin estar segura. Lo ideal sería trasladarla al hospital para realizarle unos análisis de sangre.
Damián frunció el ceño con impaciencia.
—Si la fuera a llevar al hospital, ¿para qué demonios te hice venir?
La doctora bajó la mirada, visiblemente nerviosa.
—Le ruego que me disculpe, señor. Consultaré los síntomas con el director médico del hospital de inmediato. Nuestro equipo de especialistas evaluará el caso y le daremos una solución rápida y segura.
Damián asintió con frialdad.
La doctora salió casi corriendo de la habitación.
Regresó poco tiempo después, más tranquila.
—Señor Quintana, tras la consulta con los especialistas, estamos casi seguros de que la señora inhaló algún tipo de alucinógeno a base de barbitúricos. Ya pedí que traigan el antídoto específico. Por ahora, debemos asegurarnos de que la habitación esté bien ventilada. Voy a encender el concentrador de oxígeno para ayudarla a respirar mejor y le aplicaremos compresas para bajar la temperatura. Una vez que reciba el antídoto y descanse, estará fuera de peligro.
La doctora estaba pálida del susto. Sabía que si no lograba apaciguar el carácter de Damián Quintana, su carrera en el hospital estaría acabada.
Damián la evaluó con una mirada afilada, le ordenó que se quedara a cargo de los cuidados de Hanna y salió de la habitación.
La médica respiró aliviada, como si la hubieran salvado de una ejecución. De inmediato comenzó a aplicar los remedios físicos para bajarle la fiebre a Hanna, ajustó el oxígeno y conectó los monitores para vigilar sus signos vitales.
...
Mientras tanto, en la habitación del hotel.
El ambiente era pesado. Los hombres estaban empapados en sudor, moviéndose impulsados por sus bajos instintos.
De pronto, el sonido estridente de una alarma rompió el frenesí.
Rocío, que había estado tirada casi inconsciente, se sobresaltó.
Desesperada, logró presionar el botón del control que Hanna había dejado a su lado. Irónicamente, el aparato que estaba destinado a pedir ayuda para desatarla, terminó interrumpiendo lo que ahora ella necesitaba.
Rocío no dejaba de maldecir entre dientes.
Para ese momento, el efecto del difusor se había esfumado. Todos en la habitación sentían la garganta reseca. Los hombres se abalanzaron sobre las botellas de agua mineral y se las acabaron en segundos. Rocío también moría de sed, pero nadie le prestó la más mínima atención.

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