—No olvides nuestro pacto. Trata de recuperar un poco de memoria, siente un poco de cariño por mí, ¿sí? No me dejes tan solo.
Su voz era profunda y aterciopelada, pero dejaba entrever un corazón al borde del colapso.
Hanna vivía sin recuerdos.
Y encima lo llamaba Señor Quintana, marcando una barrera, como si fueran dos extraños.
Cuando en realidad, habían crecido juntos. Eran familia, con un vínculo emocional inquebrantable.
Podría decirse que eran almas gemelas desde la infancia.
—Damián —susurró Hanna con cierta timidez.
Él solo era un año mayor que ella.
Aunque siempre se había comportado como un hermano mayor protector, ella sentía que llamarlo por su nombre era lo correcto.
Sabía que se había equivocado, que no debió olvidarlo.
Y mucho menos hacerlo sentir tan solo. Llamarlo así creaba una intimidad necesaria.
—Mhm.
La voz de Damián vibró baja y suave. Su respiración cálida rozó la sien de Hanna, acompañando un beso casi imperceptible.
—Suena hermoso. Dilo otra vez.
—¡Damián!
Temiendo no poder resistir la intensidad del momento, Hanna se giró rápidamente, soltándose de su abrazo.
Sacó un collar de su bolso de mano y lo depositó con delicadeza en la palma del hombre.
—Hice este collar con mis propias manos para ti. No voy a dejar que cargues con todo esto tú solo.
Damián bajó la mirada hacia el collar de plata que descansaba en su mano.
En el centro colgaba un pequeño dije plateado con forma de manzana.
Algo sutil pero brillante se encendió en los ojos de Damián.
Adán y Eva comieron la manzana, el fruto prohibido, se enamoraron, se unieron y, tras huir del Edén, formaron una familia.
Aquel dije en forma de manzana no era una coincidencia, sino un mensaje oculto.
Ellos, al igual que Adán y Eva, vivían bajo la sombra de la misma familia.
Una familia gobernada por una figura autoritaria que jugaba a ser Dios.

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