Al mismo tiempo, en el avión privado.
—Señor Quintana, encontramos la última ubicación donde desapareció la señal del celular.
En el asiento trasero, Damián abrió los ojos de golpe.
—¿Dónde?
—Justo al lado de la zona de radiología en el hospital. Revisamos las cámaras de los autos estacionados cerca y la vimos por última vez ahí.
—Muéstramelo —ordenó Damián.
El guardaespaldas le pasó la tableta con el video.
Al principio, se veía a Hanna preparándose para su examen. Como no podía ingresar con su celular ni objetos metálicos, había dejado su bolso —que contenía su teléfono, la grabadora y las cenizas— en los casilleros del área de radiología.
Esos casilleros bloqueaban las señales electromagnéticas, lo que explicaba por qué su celular había dejado de transmitir.
El video mostraba cómo entraba a la sala de exámenes, pero nunca se la veía salir.
Damián estaba a punto de preguntar, cuando el guardaespaldas se adelantó:
—Revisamos su expediente. Iba a hacerse una resonancia magnética, por eso fue a esa zona. Después del examen, nunca regresó a los casilleros por sus cosas. Lo más seguro es que el secuestrador se la haya llevado en ese corto trayecto entre la sala y los casilleros.
Damián tenía los ojos clavados en el video.
Dos minutos después de la hora del secuestro, un taxi pasó por el ángulo de esa misma cámara.
Su corazón dio un latigazo salvaje.
—¡Averigüen a dónde demonios fue ese maldito auto!
—¡Sí, señor! —El hacker se infiltró de inmediato en el sistema de tránsito de la ciudad, utilizando los satélites de la policía. Tardó solo un par de minutos—. ¡Lo tengo!
...
Hanna fue sometida nuevamente por Gustavo.
La cabeza le daba vueltas. El efecto secundario del sedante, sumado al golpe que se había dado en la cabeza al caer, fue demasiado.
Volvió a perder el conocimiento.
Cuando despertó...
Ya estaba atada en el centro del taller mecánico. La luz cruda y cegadora de una lámpara colgante le obligó a entrecerrar los ojos.
Parpadeó varias veces, tratando de adaptarse al resplandor, y se dio cuenta de que el dolor le desgarraba cada músculo. No podía moverse ni un centímetro.
A un par de metros, Gustavo Luján la miraba con odio puro.

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