Hanna ni siquiera había terminado de secarse las lágrimas cuando sonó el timbre; Isabel ya había llegado.
Al abrir, vio a su amiga sosteniendo una carpeta, luciendo tan feroz que, si los juzgados civiles no estuvieran cerrados, habría arrastrado a Hanna y a Luciano para firmar en ese mismo instante.-
Antes de que Hanna pudiera hablar, Isabel disparó: —¿A que no adivinas a quién vi de camino para acá?
Sacó su celular y le reprodujo un video que había grabado.
Resulta que, en un restaurante familiar a pie de calle, estaban sentados Luciano, Rocío y Camilo, cenando en un ambiente completamente íntimo.
Rocío estaba sentada junto a Camilo, en una actitud muy cariñosa.
Mientras hablaba con Luciano, jugaba con el niño.
El niño sacudía su cabecita con alegría, mostrándose totalmente apegado a ella.
Luciano se encargaba de servirles la comida, con la mirada clavada en Rocío, como si no existiera nadie más en el mundo.
Si hacía unos momentos Hanna aún conservaba una mínima esperanza de haberse equivocado en algo, ahora su corazón se había convertido en cenizas.
Tomó los papeles de divorcio y se derrumbó llorando en los brazos de Isabel.
Cuando logró calmarse un poco, Isabel tuvo que marcharse porque tenía una asesoría pendiente con un cliente.
Pasadas las diez de la noche, Hanna escuchó ruidos en la planta baja. Camilo se despedía a regañadientes: —Papá, ¿Mamá Chío no se puede quedar a vivir aquí con nosotros? Me hace muy feliz verla.
Como Hanna tenía la ventana abierta y estaba justo allí, escuchó cada palabra con claridad.
El hijo que había criado con tanto amor llamaba mamá a la mujer que le había arruinado la vida.
Resultaba que el contacto de tía en el celular era una simple tapadera; la realidad es que era su mamá.
Y esa familia regresaba feliz, satisfecha y con el estómago lleno, mientras que ella no había podido tragar ni una gota de agua, ni un solo bocado de comida.
Hanna no alcanzó a escuchar la respuesta de Luciano. No supo cuánto tiempo pasó hasta que una figura alta se le acercó.
Los finos labios del hombre se pegaron a su oído, y su voz ronca y seductora resonó:
—Hani, ¿sigues enojada por lo de ayer?


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tu desprecio fue mi suerte: En los brazos del hombre que te arruinó