Entrar Via

Tu desprecio fue mi suerte: En los brazos del hombre que te arruinó romance Capítulo 50

Luciano se quedó desconcertado ante su respuesta. Recordó todas las veces que Camilito enfermaba y Hanna pasaba noches enteras en vela cuidándolo.

—Siempre que se enferma lo cuidas tú. Regresa ahora mismo y hazte cargo de él.

Hanna frunció el ceño con disgusto.

—El pasado es el pasado. Ya que el niño es hijo de Rocío, pídele a ella que cumpla con su deber.

La paciencia de Luciano se agotó y su voz subió de tono.

—¡Ella no sabe cómo cuidar a un niño enfermo! ¿Cuántas veces te lo tengo que explicar? ¿Qué demonios te pasa? Eres su madre adoptiva, ¿no es tu obligación cuidarlo?

—¿Y planeas que me haga cargo de este niño el resto de mi vida? —preguntó Hanna con ironía.

—¡Sí! —respondió Luciano, firme y sin remordimientos.

—Entonces dime algo —continuó Hanna—, ¿qué papel juega su madre aquí? ¿Para qué sirve su padre? Si no querían la responsabilidad, ¿para qué lo trajeron al mundo? ¿Me lo avientan a mí como si fuera basura y esperan que resuelva sus problemas?

Luciano estalló en furia.

—¡Cuando aceptaste la adopción, prometiste cuidarlo hasta que fuera adulto! ¿Te crees que yo quería tenerlo? ¡Si no te importa, entonces deja que el niño se muera!

—¿Acaso no tienes alma? —reclamó Hanna, asqueada—. ¿Qué clase de padre le desea la muerte a su propio hijo?

Justo cuando las palabras salieron de su boca, una vocecita débil y temblorosa se escuchó al otro lado de la línea.

—Papá... seré un niño bueno... ya no me duele la pancita... papá, por favor no te enojes...

Un segundo después, Luciano colgó el teléfono.

Hanna se quedó helada. Luciano había soltado toda esa bilis sabiendo que Camilito estaba escuchando. Era su propio padre, y sin embargo, trataba al niño como un paquete del que quería deshacerse a toda costa, incluso gritando que prefería que muriera frente a él.

El niño apenas tenía cinco años. Entendía perfectamente lo que estaba pasando.

Por eso, al escuchar que su padre prefería verlo muerto, Camilito había sacado fuerzas de donde no tenía para fingir que estaba bien, solo para que Luciano no se enfureciera más.

Pero Hanna, que conocía bien ese tono de voz, sabía que el niño estaba sufriendo una agonía.

Conociendo la calaña de Luciano y Rocío —él odiaba a los niños y ella solo lo usaba como un trofeo para asegurar su estatus—, era muy probable que lo dejaran a su suerte, permitiendo que su salud empeorara por pura negligencia.

Hanna se quedó sentada en la oscuridad durante varios minutos.

Verify captcha to read the content.VERIFYCAPTCHA_LABEL

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tu desprecio fue mi suerte: En los brazos del hombre que te arruinó