¿Cómo iba a importarle lo que le pasara al niño?
En el taxi de regreso, se quedó dormida. Al llegar, el chofer tuvo que llamarla varias veces para que despertara.
Apenas había descansado media hora cuando tuvo que levantarse de nuevo para ir a la oficina. Ese día tenía mucho trabajo por delante.
Nada más llegar a la empresa y entrar al área de oficinas, vio a Catalina sentada en el que solía ser su lugar, con una actitud desafiante.
Hanna preguntó por inercia:
—Asistente Catalina, ¿se le ofrece algo?
Catalina soltó una risa cargada de indignación.
—¿Todavía tienes el descaro de venir?
Las palabras de Catalina fueron como una puñalada directa al corazón. Hanna se había volcado en su trabajo, sacando adelante varios proyectos dificilísimos en tiempo récord y generando ganancias impresionantes para la compañía.
¿Por qué no tendría el descaro de ir?
Por el contrario, era Catalina quien debería sentir vergüenza. Hanna había notado desde el principio que, desde su llegada, Catalina buscaba cualquier excusa para hacerle la vida imposible: equivocarse a propósito con su nombre, entorpecer tareas insignificantes y, sobre todo, chismear a sus espaldas, asegurando que su única intención era seducir a Julián Serna.
Pero Hanna había preferido dejar pasar esas niñerías. No valía la pena rebajarse al nivel de alguien así.
Sin embargo, por puro principio, consideraba que esa actitud envidiosa era inaceptable e indigna del nivel profesional de una asistente.
Hanna había intentado insinuarle a Julián que Catalina tenía otras intenciones con él.
Julián, por su parte, le confesó que Catalina era la hija de un socio minoritario de la empresa. Estaba ahí por influencias.
No podía simplemente despedirla.
Así que Hanna no tuvo más remedio que ceder, una y otra vez.
Pero ese último comentario colmó su paciencia.
—¿Y por qué no habría de venir? Como directora del departamento técnico, solo le rindo cuentas al señor Serna. Tú eres una simple asistente, no tienes ninguna autoridad para juzgar si debo estar aquí o no.
Esa respuesta dejó a Catalina en ridículo.
—¡Con razón Trueno Games la echó a la calle! Es obvio que tiene serios problemas de actitud. Y encima siempre se queda hasta tarde a propósito para fingir que es la que más trabaja. ¡Es una víbora manipuladora!
Otra compañera la miró con cara de satisfacción, como si estuviera presenciando un castigo divino.
—Y tanto que presumía de tener patentes exclusivas, pero jamás vimos ni una sola. ¡Seguro es pura estafa! Apenas tiene una licenciatura, ¿qué clase de gran patente podría haber inventado? Si fuera tan buena, ¿qué haría trabajando en nuestra empresita? Tendría a las multinacionales peleándose por ella. Y lo más patético es cómo se viste, parece que no tiene un peso encima, ¡y aun así soñaba con meterse en la cama del señor Serna!
Una ola de murmullos y críticas se alzó a su alrededor, crucificándola sin piedad.
Hanna jamás imaginó que sus colegas tuvieran una imagen tan distorsionada de ella.
Sin embargo, no tardó en reaccionar. Toda esa ola de odio no tenía que ver con ella, sino con la envidia que esas mujeres le tenían. Ahora que veían una oportunidad para deshacerse de ella, hacían todo lo posible por humillarla hasta que no lo soportara más y renunciara a Sistemas Fotónicos.
Pero ella no iba a huir.
Hanna clavó la mirada en Catalina y sentenció con frialdad:
—Me dices que ya no venga, pero la que no tiene que volver a poner un pie en esta oficina eres tú. A partir de hoy, estás despedida.

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