—¿Qué pasa?
Hanna subió.
Y vio que en el comedor no solo estaban Luciano y Camilo, sino que había otra mujer.
Esa mujer era Rocío.
Hanna entendió al instante la preocupación en el rostro de Lidia.
Aunque Lidia había sido contratada por Luciano, después de tantos años, ambas se tenían mucho cariño.
Hanna había quedado huérfana de niña y su abuela la había criado. Por eso siempre trataba con mucho respeto a mujeres como Lidia, que tenían la misma edad que tendría su madre. Y, por supuesto, Lidia también la apreciaba de corazón.
Especialmente durante los días posteriores a la pérdida del bebé, se esmeraba preparándole remedios caseros y platillos nutritivos todos los días.
Lidia sabía muy bien que Rocío era la culpable de esa tragedia.
Por eso, al ver a Hanna regresar de imprevisto, se había alarmado.
Pero la expresión de Hanna permaneció impasible.
En ese momento, Camilo, sentado al lado de Rocío y aferrado a su blusa, ni siquiera quería llamar mamá a Hanna al verla.
Sin embargo, Mamá Chío le había dicho, en presencia de su papá, que tenía que seguir llamando así a esa mujer, porque de no hacerlo, la mamá falsa se pondría triste.
Su papá también se lo había advertido.
Así que Camilo murmuró sin ganas: —Mamá. ¿Qué haces aquí? No nos vas a molestar para que papá y yo dejemos de jugar con la Tía Chío, ¿verdad?
Una punzada afilada atravesó el pecho de Hanna.
¿Ese era el niño al que había cuidado y amado con tanta devoción durante años?
No mostraba ni la más mínima alegría de verla, y para colmo, se aferraba a la ropa de la mujer que la había destruido.
Rocío, con una mirada rebosante de burla y superioridad, empezó a consolar al niño: —No te preocupes, Camilito. Tu mamá Hanna no es tan egoísta. Ella sabe que te gusta jugar conmigo y no te lo va a prohibir, ¿verdad que no, Hanna?
Al escuchar eso, la punzada en el corazón de Hanna se convirtió en el dolor desgarrador de un cuchillo sin filo cortándole la carne.
Era evidente que Rocío, la amante, había aprovechado su ausencia para instalarse en la casa.
Y ahora ocupaba descaradamente su lugar, sentada como la señora de la casa, cenando con su esposo y su hijo.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tu desprecio fue mi suerte: En los brazos del hombre que te arruinó