Ahora Hanna caía en cuenta: Rocío había logrado meter a su hijo a la casa de ellos. Seguro que en secreto le había estado llenando la cabeza al niño, provocando que rechazara a Hanna a tan corta edad.
Siendo así, ¿por qué iba a seguir aferrándose? Ese niño no tenía nada que ver con ella.
Hanna asintió: —Me parece perfecto. Solo firma estos papeles y listo.
Buscó el sobre que había dejado a la vista sobre el buró. A pesar de los días que estuvo fuera y de haberle recalcado a Luciano que lo revisara, por la forma intacta en la que estaba atado el hilo, se notaba que ni siquiera lo había tocado.
No importaba qué tan importante fuera, Luciano siempre la ignoraba; después de todo, su actitud general hacia Hanna era la de la total indiferencia.
Hanna tomó el sobre y se lo extendió.
Justo cuando Luciano estaba por abrirlo, la voz de Rocío sonó en el pasillo: —Lucho, ¿Hanna sigue enojada? ¿Quieres que entre a hablar con ella?
—No hace falta —Luciano lanzó los papeles a un lado con desdén.
Y le respondió a Rocío para tranquilizarla: —No pasa nada, Roci. Ya salimos.
Hanna recogió la demanda de divorcio, dispuesta a sacarla para dársela directamente.
Pero Luciano la frenó: —Hablaremos después de cenar.
A Hanna se le había cerrado el estómago, pero parecía que su única opción era sentarse a la mesa si quería que él firmara.
Tendría que aguantarse un rato más, y de paso, ver de qué iba el jueguito de Rocío.
Luciano la llevó al comedor, le sacó la silla y la hizo sentarse.
Luego le indicó a la empleada: —Lidia, pon otros cubiertos.
Hanna no tenía ganas de probar bocado.
Rocío tomó la palabra: —Hanna, acabo de llegar del extranjero, y como hace tiempo que no nos vemos, te traje un detalle.
Hanna levantó la vista y notó que Rocío se apartaba el cabello detrás de la oreja a propósito, dejando al descubierto unos pendientes de diamantes tan brillantes que encandilaban.
Reconoció esa joya de inmediato.
Le habían encantado durante mucho tiempo. Cuando por fin llegaron a una subasta, Luciano le había prometido comprárselos.


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