Hasta ayer, cuando vio a Hanna, el niño supo con claridad que ella había regresado.
Así que la llamó por teléfono para pedirle que le preparara su plato favorito, costillas a la parrilla.
Hanna le respondió que estaba ocupada.
Por eso, Camilito se quedó esperándola.
Después de todo, Rocío acababa de darle una bofetada y él le tenía miedo a Luciano. Tras pensarlo mucho, concluyó que solo Hanna, sin importar cómo la tratara, siempre lo acompañaría y lo consentiría.
Lidia no dijo nada.
Camilito siguió esperando a que Hanna llegara a casa.
Pero dieron más de las nueve de la noche.
Camilito ya se había bañado y puesto la pijama, y Hanna seguía sin aparecer.
Él no dejaba de prestar atención a cualquier ruido fuera de la mansión.
Pasadas las diez, escuchó el sonido de un motor acercándose.
A Camilito se le iluminaron los ojos y bajó las escaleras dando saltitos de alegría.
—¡Mamá! —gritó.
Apenas pronunció la palabra, vio que quien cruzaba la puerta era Luciano.
Camilito se llevó un susto. Su tono alegre se cortó de tajo y retrocedió, encogiéndose de hombros.
—Papá.
Luciano le entregó su saco a la ama de llaves. Su mirada se detuvo un segundo en la evidente marca de los dedos sobre el rostro tierno del niño.
—Ven aquí, deja que papá te vea —lo llamó.
Camilito se acercó con pasos tímidos hasta quedar frente a Luciano.
Él se puso en cuclillas para examinar el golpe de su hijo.
Temiendo que su padre lo regañara por desobediente, Camilito se apresuró a decir:
—Fue Camilito quien se portó mal. Mamá Chío no lo hizo a propósito.
Luciano asintió con un murmullo. Parecía que el niño no le guardaba rencor a Rocío por haberlo golpeado en un arranque de ira.
Luego, recordó cómo el pequeño acababa de llamar a su madre.
Sintió un repentino pinchazo en el pecho, un dolor sordo brotando de una herida adormecida.
Fue como revivir su propia infancia.
—Mamá es mala, engañó a Camilito. Dijo que en cuanto terminara de trabajar me prepararía las costillas. Es una mentirosa.
Luciano se quedó perplejo por un segundo, pero enseguida lo entendió. Hanna no quería volver, así que había usado el trabajo como excusa.
Y, sin embargo, a pesar de ser una excusa tan suave, Camilito la tachaba de mala.
Rocío le había dado una bofetada sin motivo alguno, y el niño no dijo ni media palabra en su contra.
Supuso que la sangre tiraba más.
Se puso de pie sin responder. Subió al estudio para terminar unos pendientes del trabajo y, cuando por fin terminó, ya era de madrugada. Solo entonces fue a la habitación principal.
El cuarto se sentía vacío.
Aunque para él siempre había sido solo un lugar para dormir, se despertaba y se iba a la oficina, por lo que la ausencia de alguien no parecía hacer la diferencia, de pronto recordó algo y abrió la puerta del vestidor. Fue entonces cuando se dio cuenta: todas las pertenencias de Hanna habían desaparecido.
Lo único que quedaba era el vestido de novia que él había ordenado llevar a la tintorería, devuelto a su lugar habitual por Lidia.
Lo que antes era toda una pared repleta de los objetos personales de ella, ahora se reducía a ese único vestido que él la había obligado a conservar.
Al principio, Luciano pensó que Hanna solo se había ido a su propio departamento por unos días porque no soportaba convivir con Rocío.
Pero ahora se daba cuenta de que su matrimonio de verdad estaba en problemas.

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