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Tu desprecio fue mi suerte: En los brazos del hombre que te arruinó romance Capítulo 63

Nuevo hogarTu desprecio fue mi suerte: En los brazos del hombre que te arruinó ya está en NarraverseSigue leyendo en nuestro nuevo sitio: un lector más limpio, páginas más rápidas y los capítulos más recientes.Leer en Narraverse

Valeria, de la división nacional, fue la única que se negó a firmar su carta de renuncia y exigió hablar con Luciano. Ya en su oficina, le entregó la propuesta para un proyecto nuevo.

Al principio, Luciano solo quería deshacerse de ella, pero su expresión cambió al revisar el documento.

—¿De verdad tú diseñaste esto?

Valeria asintió y respondió llena de confianza:

—Si invertimos en desarrollar este nuevo proyecto, le aseguro que volveremos a estar en la cima de las ventas.

—

Esa tarde, tras calmar sus emociones, Rocío apareció en el corporativo.

No importaba que hubieran perdido Trueno Games.

Ya tenía un plan.

Entró a la oficina de presidencia. Luciano estaba inmerso en su trabajo.

—Luciano... lo de ayer fue culpa mía. Todavía soy muy inmadura, ¡no debí haberles gritado a ti y a Camilito! —dijo ella, esbozando una sonrisa cuidadosamente ensayada.

Luciano también sintió una punzada de culpa. Había descuidado los sentimientos de Rocío. Después de todo, ella acababa de perder el proyecto que iba a asegurarle los recursos de la familia; el golpe emocional debía ser brutal.

Rocío se acercó a él y le tomó la mano con suavidad.

Luciano levantó la vista, algo sorprendido. No había rastro de molestia en el rostro de ella. En el pasado, con sus aires de grandeza, habría armado un escándalo durante días.

—Rocío, ¿no estás enfadada conmigo? —preguntó él, con la voz algo ronca.

—Lucho, no te culpo. Aunque Hanna no entiende lo difícil que es tu posición y te hace daño con sus acciones, tampoco es justo dejarte solo con el problema. Quiero superar esto contigo.

En el país, las transiciones también estaban casi listas. Julián Serna le había cedido parte de sus acciones. Al finalizar el proceso, Julián solo tenía un 0.1% más que Hanna en la empresa nacional. Él le había proporcionado contactos, oficinas, desarrolladores y capital operativo; a cambio, Hanna retribuiría la inversión con las ganancias del juego. Era un trato donde ambos ganaban.

Ese día, apenas regresó del extranjero, Hanna recibió una llamada de Luciano. Había estado trabajando de sol a sol, buscando que el agotamiento borrara el tormento emocional que había vivido. Escuchar su voz fue como un balde de agua fría.

Recordó que, aunque aún no estaban divorciados, el acuerdo prenupcial que en su momento protegió los bienes de Luciano ahora, de forma irónica, también protegía los suyos: no tendría que darle ni un centavo de lo que ganara.

Aun así, era mejor firmar el divorcio de una vez por todas.

Por eso, contestó la llamada, con la intención de preguntar sobre el trámite.

Aunque sabía que era muy probable que Luciano llamara para exigirle explicaciones.

La voz de él sonó al otro lado de la línea.

—Mañana empiezan las clases en el kínder de Camilito. No tengo idea de qué trámites hay que hacer. ¿Podrías llevarlo tú?

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