Tras darle una última mirada al niño, abrió la puerta y se sentó en el asiento del copiloto.
Camilito entrelazó su mano con la de Rocío, irradiando felicidad en el asiento trasero mientras balanceaba las piernas de un lado a otro.
Hanna los observó por el espejo retrovisor. Pensó que, si no hubiera perdido a su bebé, seguramente ya tendría esa misma edad.
Pero en esta vida, el hubiera no existe.
En cuanto el auto arrancó, Camilito, adoptando aires de jefe, le dio instrucciones al chofer.
—Primero llevas a mi Mamá Chío al trabajo, y luego a mí a la escuela.
Al decirlo, miró a Hanna de reojo. Al notar que ella no hizo ningún gesto de disgusto cuando llamó mamá a Rocío, una sonrisa arrogante se dibujó en su rostro.
Hanna estaba a un paso del divorcio, ¿por qué habría de importarle?
Rocío acarició suavemente el hombro del niño.
—Qué niño tan listo. Todo un caballero, igual que tu papá.
Claro, pensó Hanna. Luciano siempre había sido un dechado de atenciones y caballerosidad... pero solo con Rocío.
En cuanto terminó su elogio, Rocío clavó sus ojos en Hanna.
—Hanna, por favor, no te vayas a enojar por las cosas que dijo Lucho en el banquete. En el mundo de los negocios las cosas son así, y además, lo que dijo es la pura verdad.
—¿La pura verdad? —Hanna soltó una carcajada cargada de sarcasmo.
—¿La verdad de que tú fuiste la creadora de Trueno Games? Ay, por favor. Eres como la mona que se viste de seda... no tienes ni idea de lo que hablas. ¿Dónde estabas tú cuando yo pasaba las noches en vela programando? Eres una aprovechada que se cree la gran cosa por presumir el esfuerzo ajeno. Dudo siquiera que te hayas graduado por mérito propio. Pagaste una maestría inservible en el extranjero y ahora pretendes manejar los proyectos del Grupo Zenit. Te estás tirando al abismo solita. Ay, disculpa mi franqueza, soy de pueblo y a veces no tengo filtros, espero que la señorita no se ofenda.


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