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UN BEBÉ PARA NAVIDAD romance Capítulo 902

—¡Ah, ya sé! —Mariel rio, levantando la copa que él le ofrecía—. Pero ahora solo voy a ser tu socia y tu amiga, y si me sigues mirando así nadie se va a creer este matrimonio.

Leon se quitó el saco y la corbata y se soltó aquel primer botón de la camisa porque sentía que necesitaba estar cómodo para lo que venía, probablemente tuvieran un montón de preguntas uno para el otro y era mejor dejar las cosas claras desde el inicio. Así que se sirvió una copa para él y se sentó frente a ella en otra butaca.

—Bien, ya estamos aquí. Deberíamos empezar a hablar sobre nuestro trato. Y luego que te lo cuente todo, veremos si todavía estás dispuesta a ayudarme.

Mariel asintió, dejando la copa en la mesa de centro. Y respiró hondo, intentando que no se le notara lo ansiosa que estaba.

—OK, empieza.

—Lo primero es que debe parecer un matrimonio real. En todos los sentidos. ¡O sea debe ser real, en papeles y todo! Debemos tener boda, ceremonia… y probablemente cuando lleguemos a casa nos hagan casarnos de nuevo allá y todo eso… pero no es a lo único que me refiero cuando digo real. —Leon se detuvo y quiso que la tierra ser hundiera a sus pies mientras ella parpadeaba con aquellos ojazos azules preciosos—. ¡Joder, esto no va a funcionar!

Se levantó de golpe y Mariel sintió que se le ponía el corazón en la boca.

—¡¿Por qué?! —Lo increpó.

—Pues porque… porque tiene que parecer un matrimonio real también en el aspecto físico, o sea que tiene que parecer que mi esposa y yo estamos… intentando concebir un heredero —siseó pasando saliva.

—Y tú no quieres hijos —murmuró Mariel.

—¡No! ¡Quiero decir “sí”, sí quiero hijos pero no ahora! ¡No llego ni a los treinta, soy adicto a la adrenalina y no quiero cambiar pañales! ¡Treinta y siete, treinta y ocho! ¡Sería una edad espectacular para tener hijos, ¿no crees? ¿No me merezco una década más de libertad feliz?

—Tú lo que quieres es ir por la vida follando como un conejo con Parkinson —replicó Mariel y Leon escupió el vino hasta por los ojos cuando la escuchó decir aquello, porque nadie podía imaginar que se dijeran palabras tan fuertes con una vocecita tan dulce—. Pero sí, te entiendo, tiene que parecer que tenemos relaciones para no levantar sospechas, ¿cierto? —terminó ella con suavidad.

—Este… sí, eso, hay que aparentar… ¡pero solo cuando vayamos a casa! Mientras tanto supongo que no será necesario que vivamos juntos. Mi familia cree que estoy demasiado ocupado, así que una residencia separada por tus estudios y eso… podría justificarlo.

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