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UN BEBÉ PARA NAVIDAD romance Capítulo 910

REGLA #1. CAPÍTULO 10. La Cofradía del Puño Cerrado

Leon tuvo que darse la vuelta, respirar y salir corriendo de allí, porque incluso con aquella dulzura de Mariel, la creía perfectamente capaz de aventarle unos billetes para que le bailara. Así que fue a pagar la cantidad obscena de dinero, luego la llevó a comer, y en la noche el regreso al castillo fue triunfal.

Mariel iba cargada de bolsas, era su desfile personal, después de todo; uno que atravesó el salón principal para que la condesa pudiera verlo bien.

La señora Freda le dirigió una mirada que podría haber congelado el infierno, y Mariel se detuvo justo frente a la puerta, mostrando sus compras.

—Buenas noches, querida suegrita —dijo con una sonrisa angelical, y la taza de té de Freda tembló ligeramente en su platillo.

—¿Qué significa esto? —preguntó la condesa, levantándose de su silla con una dignidad exasperante—. ¡¿Cómo te atreviste a hacer que mi hijo malgastara su dinero en semejantes… frivolidades?!

Mariel parpadeó, fingiendo sorpresa.

—¿Frivolidades? —repitió, mirando las bolsas—. ¡Pero señora condesa, usted fue la que me dijo que lo necesitaba! Además, Leon no “malgastó” nada. Es un hombre generoso, y quiso que yo me viera como una condesa apropiada.

Su suegra apretó los labios hasta que casi desaparecieron.

—Generoso o no, tú no tienes ningún derecho a abusar de su amabilidad.

—Yo no lo obligué, suegrita querida. —contestó la muchacha—. Y no entiendo por qué está molesta. ¿Es porque me compró las cosas a mí, o es porque usted también pertenece a la Cofradía del Puño Cerrado?

Freda frunció el ceño, confundida hasta que se dio cuenta de lo que la estaba llamando.

—¡Yo no soy tacaña!

—¡Pues mucho mejor! Toda una digna condesa, ni tacaña ni envidiosa. Así que mañana voy a poder lucir mi nuevo guardarropa con absoluta tranquilidad.

Dio una vuelta sobre sí misma y se colgó del brazo de Leon, y continuaron su desfile triunfal mientras tras ellos la condesa se abanicaba, dejándose caer en una silla.

—¿Sabes qué? Te puedo garantizar que tu madre no se va a volver a desmayar delante de mí —dijo Mariel cuando llegaron a la habitación, y Leon alargó la mano con expresión decidida.

—No sé qué vas a hacerle, pero tenemos una apuesta.

Dormir no fue muy simple para Leon esa noche, no supo por qué, pero al día siguiente Mariel bajó al comedor con un vestido elegante de color azul que acentuaba perfectamente su figura. Llevaba un conjunto de joyas discretas pero deslumbrantes que él había elegido para ella, y su cabello estaba recogido en un moño perfecto. Lucía cada centavo que habían gastado el día anterior, y cuando entró al comedor la condesa Freda casi escupió su té.

—Buenos días, suegrita querida —saludó Mariel con una sonrisa radiante, como si no notara el evidente descontento en el rostro de la condesa—. ¿Qué tenemos para hoy?

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