La felicidad de Luciano debía ser estudiada por los niveles absurdos que alcanzó en nuestro viaje a Sri Lanka. El hombre que se subió a ese avión fue uno diferente al que se bajó conmigo, todo chistes, risas y muy confianzudo con sus manos sobre mí. Aunque claro, quejarme de lo contrario sería tonto después de las cosas imprudentes que hicimos en ese baño.
También debía admitir que disfruté más de lo esperado nuestra segunda vez, y que de hecho estaba disfrutando muchísimo este día. Como Luciano andaba tocándome la espalda o la mano tanto a nuestra llegada a Negombo, aproveché para recostar mi cabeza de su hombro en el auto que nos llevó al hotel. Y como estaba así de feliz, le pedí que volviésemos a dormir acurrucados porque el cuerpo no me daba más. Tuvimos así, una buena noche de descanso al llegar al país.
Pero el descanso se ha acabado con la alarma de mi celular sonando en esta linda habitación de hotel. Era momento de explorar este rincón del mundo con bosques, llanuras, playas, naturaleza salvaje a montón y ruinas budistas por doquier. Con las energías repuestas, pido que nos suban el desayuno, y en lo que abro la puerta de la habitación para recibir al empleado con la comida, es que mi esposo vuelve a la vida.
—¿Desde cuándo estás despierta? — pregunta estrujándose los ojos.
Puede que yo haya sido la primera en meterse en la cama, pero él fue el primero en quedarse dormido. Ese había sido un viaje largo y con bastante acción de por medio.
—Lo suficiente para pedir el desayuno. Levante, tenemos un itinerario que cumplir — lo invito, después agradezco al trabajador que se marcha — thank you very much.
Tomo un asiento en la mesa cerca de la ventana y aprecio que nos trajeron mucha comida para dos personas. Veo una selección de frutas locales picadas, una tortilla que huele a cebollas, lentejas con curry, pan y té. Froto mis manos entre sí.
—No pensé que al pedir lo que recomendasen, fuese a traer comida para un batallón — comento agarrando con el tenedor un pedazo de piña.
Luciano se sienta a mi lado para comer de una vez de la tortilla. Él volvió a dormir en ropa interior, y no ha hecho el esfuerzo por vestirse, por lo que su brazo desnudo choca con el mío por la cercanía. Él está ajeno a ello, a lo nerviosa que todavía me sigue poniendo tenerlo cerca con la energía suficiente para otra ronda sexual.
Aclaro mi voz, tenía un itinerario que cumplir. El viaje de mis sueños me esperaba.
—¿Cómo está el curry? — indago al verlo comiendo de este también.

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