Mi estado actual es: con el corazón roto, no el estómago vacío. He terminado sola la cena de muchos tiempos en el restaurante debajo del mar y estoy alargando mi camino hacia mi habitación de hotel. Como lo pude esperar, Luciano no volvió, después de sacarme de la comodidad de mi cama para comer, me dejó cenando sola en ese sitio.
Él era todo lo que nunca quise en un hombre, sin embargo, veme aquí. Abriendo la puerta de la suite para comprobar en qué onda está montado esta vez. En lo que abro, me extraña que las luces estén apagadas y haya música de ambiente suave.
—¿Luciano? ¿Volviste? — pregunto al vacío.
Entonces lo escucho, risas masculinas a la distancia. Al mismo tiempo miro al piso para encontrarme con una camisa blanca masculina, más adelante veo un pantalón y más allá en una de las mesas, una botella de vino tirada, vacía.
Las risas masculinas vuelven a sonar desde afuera, desde el apartado de la piscina privada. Mi mente se va hacia un lugar doloroso, hacia esa escena que viví con Andrew y con Amanda. Encontrar a mi prometido en la cama con mi hermana, rompió varias cosas en mí por lo que remontarme a ese pasado, es igual de doloroso.
—¿Qué edad me dices que tienes? — esta vez lo puedo confirmar, es la voz de Luciano.
De la incertidumbre paso a la furia. Ni aquella vez, ni esta me quedo con la duda. Doy pasos furiosos hacia la terraza para ver con mis propios ojos con quién está Luciano en nuestra habitación de recién casados.
—Dicen que la edad no es nada más que un número. Pero técnicamente, es una palabra — escucho de… una voz robótica.
No es que me encuentre a otra mujer en la piscina con Luciano, es que me lo encuentro hablando con su… celular. Él está sentado dentro de esta con la mitad del cuerpo fuera del agua y el celular al borde de la misma.
—Ahh no dices tu edad porque eres mujer. Típico — comenta Luciano sonando y pareciendo completamente borracho — ¿Vas a tener una cita conmigo? Mi esposa no quiso tenerla. Cree que soy un cretino.
—Gracias por pedirlo, pero en realidad no tengo citas. Con humanos — responde el celular.
—Certera y fría. Me gusta. En realidad, a mí, me gusta que me maltraten — parlotea Luciano.

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