Narrado por Luciano Brown
Viví una vida muy precoz. Una en la que conocí el dolor físico y mental desde muy joven. El físico gracias a Liam, un miserable borracho que ahora quiere dárselas del reconvertido. Pero a mí no se me olvidan los primeros vestigios de dolor provocados por mi padre. Nunca se me olvidarán. Han podido romper mis huesos y lacerar mi carne en la actualidad, sin embargo, esos golpes de Liam dolieron más.
El mental por la mujer que debió protegerme y me abandonó con un bueno para nada. ¿Cómo no odiarle? ¿Cómo no desearle lo peor? El resentimiento hacia mis padres, el dinero de sobra y mi apellido me llevaron por un camino de incertidumbre y peligro, para retarme a mí mismo, para no aburrirme, para darle valor a mi vida.
Antes de cumplir los 18 ya había hecho lo que otros hombres habían hecho hasta sus 30. Viajes a cualquier parte, fiestas salvajes, sexo duro, drogas, problemas con la justicia de los que mi vieja Leonor me sacó. De todo. Era egoísta, era un mimado, y no conocía de la empatía. Hasta que aparentemente mi abuela se hartó de mí.
Ella que me fue a buscar personalmente a la comisaria tras acusárseme de indecencia pública por estar con mis dos novias en esa plaza. O ella que fue personalmente con el director para que no me expulsarán por fumar mary en mi secundaria y repartirla entre mis compañeros. Esa misma señora se enojó conmigo por conducir borracho después de una fiesta. El regaño fue monumental, tan monumental que hice lo que me pidió como perrito regañado con la cola entre las patas.
Es ahora que puedo comprender que mi niñez y adolescencia fue un acto de rebeldía para que don Liam y doña América se diesen cuenta de mi existencia. Nunca lo hicieron.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Un contrato inesperado con mi jefe