Como esperó el equipo de Luciano, América era una mujer que vivía de las apariencias y no permitiría que los rumores se expandieran. ¿Cuáles rumores? Pues, en Belmonte Raíces corrió como pólvora la discusión que tuvieron Sergio y Dominic, lo acusaban de que él tuvo la culpa de su suicidio. Hecho por el cual, había forzado a mi padre a dar la cara por las oficinas. Lo sé también porque me he incorporado a la rutina de la empresa.
Esto último ha sido en contra de la voluntad de Luciano. Pero no en contra de las indicaciones que me dieron en general. ¿Quiénes? Él, Julia y Mohamed, que al final no eran delirios míos. Ese hombre también estaba vigilándome.
En lo que llego al comedor principal de la casa, me recibe América que está en la mesa con Amanda y con Andrew. América tiene una sonrisa hipócrita en el rostro, Andrew una mueca de desagrado con mi presencia y Amanda evita verme, se ve demacrada.
—Marianne, me alegra que hayas podido apartar unos minutos de tu ocupada agenda para comer con nosotros — da la bienvenida mi madrastra.
—No podía negarme a una comida con mi padre. Estos días han sido especialmente difíciles para él — ocupo un asiento.
—¿Quién no puede vivir días difíciles con la pérdida de un gran amigo? Pero la entereza de Sergio y mi apoyo a él, han logrado maravillas. ¿Lo viste ayer en la empresa? ¿Lo recuperado que se notaba? — presume.
Sergio se veía tan maravilloso como una pila de basura. Totalmente decaído y en modo zombi. Había sido imposible para mí obtener una plática a solas con él. Esperaba que hoy sí pudiese, el micrófono está escondido en mi chaqueta para tal propósito.
El dilema era que Sergio no estaba a la vista. Veía a los empleados sirviendo la comida, y a los ilustres miembros de mi familia, pero a más nadie.
—¿Dónde está mi padre? Pensé que comería con nosotros — comento.
—Y comerá con nosotros. Fue él quien me pidió que te invístase, a ti y a… a… Luciano. ¿Dónde está él por cierto? — a América le da piquiña en el cuello con la mención de su hijo.
—Está ocupado. En otra oportunidad será — miento porque Luciano en realidad está a cargo de otra tarea hoy — Voy a buscar a mi padre. Se nos hace tarde. ¿Puedo?
América quiere negar que suba al segundo piso, pero se contiene. Le conviene parecer la madrastra idílica, no la bruja que era. Me dice que lo haga, que actuase como si estuviese en su casa. Irónico cuánto menos eso.
Subo por las escaleras, aunque en lugar de verlo en su estudio, veo a mi padre en su habitación. Tiene la puerta entre abierta y lo diviso sentado en la cama, viendo a la nada, a medio vestir. Le toco la puerta para hacer notar que estoy aquí. Él a duras penas me ve.
—¿No terminarás de alistarte para bajar a comer?
—Sí… estoy en eso — comenta cerrándose la camisa.

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