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Un contrato inesperado con mi jefe romance Capítulo 173

Una vez el caos ha iniciado, es imposible detenerlo. Ese es el pensamiento que tengo en la cabeza con lo que está ocurriendo a mi alrededor. Al enterarse de la auditoria, tanto Sergio como Andrew y la propia América salieron corriendo a sus autos para ir a Belmonte Raíces. En el frenesí de la noticia, no pude hacer más que seguirlos en mi propia camioneta hasta la empresa.

Ninguno de los tres está calmado o luce normal siquiera. Es más, tengo que acelerar mi paso para montarme en el ascensor con ellos. Todo está pasando tan rápido, que siento que vivo en una secuencia que están reproduciendo con mayor velocidad de la debida.

—No quiero que ninguno hablé más de lo que se le pregunte — impone América — Sí y no son las únicas respuestas que deberían dar.

—No me des ordenes América. Sé lo que hago. Los que no saben son ustedes. ¡Mira a tu marido! — discute Andrew.

Se refería a que papá lucía como un desastre todavía, a excepción de que ahora era un desastre agitado. A América no le gusta que le contradigan, quiere ofenderle, pero las puertas del ascensor se abren revelando que es peor de lo que sospecharon.

Nuestro piso principal, está vuelto un desorden inmenso. Algunos trabajadores están caminando de un lado a otro, otros más están reunidos en las esquinas con rostros de preocupación y otros simplemente están oponiéndose a que los auditores accedan a sus computadoras.

—¡Mierda! — se va pisando furiosamente Andrew. Sé que se dirige a su oficina, esa que tiene la puerta abierta.

Sergio y América se dirigen a la suya. Por donde está mi escritorio, hay varios auditores uniformados escarbando. Maite y Mila entonces se me acercan.

—¿Qué está pasando Marianne? ¿Qué están buscando? — cuestiona atemorizada Maite.

—¡Están revisando mi celular de la empresa! ¿Eso siquiera es legal? — menciona igual de atemorizada Mila.

—¿Dónde está Luciano? — pregunto en cambio.

—Está en su oficina encerrado con un montón de policías. ¿Es por la muerte de Dominic? ¿Alguien nos dirá qué pasa? ¿Tú sabes o no? — comenta agitada Maite.

—Cooperemos con el procedimiento, y no perdamos la calma ¿si? — les pido a ellas.

Maite y Mila se resignan con el consejo que les doy. Podría continuar dándole palabras de aliento, decirles de una manera sutil que ni ellas, ni ningún empleado con las manos limpias, iba a salir perjudicado por esto. Sin embargo, a mí también me llega la hora.

—¿Marianne Belmontes? — pregunta un hombre uniformado de policía acercándose a nosotras.

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