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Un contrato inesperado con mi jefe romance Capítulo 194

Narrado por Luciano Brown

He hecho lo que debía hacer. Es lo que me repito con constancia para no recaer en arrepentimientos inútiles. No escogí un camino fácil, pude, pero no lo hice. Así era la vida, sacrificabas, apostabas y podía que ganases o perdieses. Qué yo que estuve dispuesto a perderlo todo y de improvisto cambiase de opinión por Marianne, no estaba en los planes. Actuar espontáneamente, lo terminó de cagar hace cuatro largos años.

Nunca tuve que fijarme en Marianne, nunca tuve que casarme con ella, nunca tuve que amarla, nunca tuve que ponerla en tal riesgo. Ahora estoy pagando las consecuencias de ello. La noche está lluviosa, las calles mojadas y los vidrios de mi auto empañados.

Aun así, puedo verla, a Marianne del otro lado de la calle bajándose de un taxi. Lleva puesta ropa de oficina, y curiosamente las gotas han parado de caer mientras esta entra al edificio de Mateo. Hoy es jueves, el primer día que se encontrará con él desde su pelea por la propuesta de matrimonio.

No me hace bien imaginar las especificaciones de su encuentro, si se reconciliarán o no, si él terminará de convencerla de casarse o no, si terminarán teniendo sexo o no. Mi misión es una sola, proteger a Marianne y terminar con esta pesadilla sobre ella de una vez por todas.

Ojalá fuese simple remover estos pensamientos negativos de ella entre los brazos de otro hombre, pero no lo es. Prendo uno de mis cigarrillos y lo empiezo a fumar. Me fijo en la hora de mi celular que está en una base cercana al volante, son casi las 8 de la noche, después recuesto mi cabeza del asiento.

Esta podía ser una larga noche o simplemente, una corta con Marianne saliendo de ese edificio en algunos minutos. Si pasaba lo segundo, trataría de acércame esta vez de una mejor manera. Una en la que no actuase como el cabrón que era.

La pantalla de mi teléfono se ilumina con el nombre de Julia. Deslizo para contestar y ponerla en altavoz.

—¿Qué me tienes de nuevo? — cuestiona esta.

—Fue él. Lo puedo jurar — respondo exhalando. El humo cubre mi visión.

—Tus juramentos, son en vano. No valen ni un centavo. ¿Qué pruebas has podido recolectar? — suena incrédula.

—Todavía ninguna en concreto. Pero circunstanciales, las necesarias.

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