—¡Después le hizo así! ¡zas en toda la boca abuelito! — imita un golpe violento Leonora.
—¡Y grito AHHHHHHH! — sigue Lucero gesticulando el grito de manera exagerada.
Tengo que ver a mi hijo que, tras la calma resultado de alimentar a sus pequeños, vuelve a parecer él. Se está riendo de las ocurrencias de sus hijas.
—¿Así quieres que sean niñas tranquilas? ¿Por qué las dejas ver tantas películas violentas? — le pregunto.
—¿Qué más pueden mirar? Las estoy preparando para el mundo. Metí a Leonora en karate, tiene talento — exclama orgulloso — Cuando estén más grandes meteré a Layla y a Lucero en Taekwondo. Tienen más energía que drenar.
—Más papa por favol abue — extiende su plato Layla y le sirvo. Me concentro en mi hijo — Los actos tienen consecuencia, te lo estoy advirtiendo. ¿No las quieres meter en pintura o natación?
—¿Para qué voy a meter a mis hijas en pintura o natación? ¿Van a pelear con Picasso o con la sirenita? Siempre se los digo, allá afuera existe un mundo duro, al que tienen que…
—¡APLASTAR! — responden al unísono Leonora y Lucero. Layla intenta decir la palabra, pero le sale mal esta, aunque con espíritu.
—Eso mismo, hijas mías — Luciano desordena el cabello de Layla en un gesto orgulloso.
Sólo me queda suspirar, y más tarde sonreír cuando Leonora me muestra los ejercicios que ha aprendido en su uniforme. Su postura me sorprende y la coordinación de brazos y pies que tiene. Lo que no me sorprende son los aplausos desmedidos y elogios que da Luciano a su hija. Pero cómo no sentir admiración hacia mis nietas, eran las jovencitas más adorables, inteligentes e hiperactivas.
Eventualmente, el acto de Leonora se acaba, al igual que lo hace la pasarela de muñecas que Lucero y Layla me presentan. Tengo que ayudar a mi hijo a meterlas en la cama en la hora establecida, y al ir cerrando la puerta del cuarto de Layla, es que el silencio gobierna en la casa.
Luciano y yo nos miramos en una mueca divertida en el pasillo.

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