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Un contrato inesperado con mi jefe romance Capítulo 252

—¿Por qué no lo sería? ¿Has logrado firmar los contratos pendientes? ¿Todavía no? — intenta indagar Leandro.

—Están firmados, el abogado te los pasará mañana…— comenta en son decaído.

Leandro en lugar de verlo, me mira a mí y yo a él. ¿Leonel decaído tras un acuerdo jugoso? ¿En cuál mundo? No debía ser el suyo.

—¿Te sientes bien? — le tengo que preguntar. Debe estar enfermo.

—Intento estar lo mejor que puedo… — suspira.

Leandro y yo volvemos a compartir una mirada extrañada. Mientras, nos sirven vino.

—¿Podemos saber la razón por la que te sientes mal? — continúa indagando Leandro.

—No hay mucho que pueda hacer a este punto. Supongo que soy un hombre que no sabe lo que es mantener una relación padre e hija correcta — explica decaído.

De nuevo Leandro y yo nos miramos. Los dos nos hablamos con los ojos. Es más, si alguien viese nuestros ojos sabrían que están gritando: ¡SARA! Sara para este tiempo ya es una mujer, una mujer hecha y derecha, que está conociéndose a sí misma y al mundo. Y eso me temo no es compatible con un padre sobreprotector y celopata como Leonel.

—¿Qué hiciste para enojar a Sara? — pregunto muerto de la curiosidad.

Mi curiosidad es frenada con un rodillazo por debajo de la mesa de Leandro.

—Eso no nos corresponde saberlo Luciano. Mejor, despeja tu mente durante esta comida Leonel, y brindemos por un año más de tu vida — alza la copa Leandro.

Tengo que alzarla para seguir la corriente, una que termina arrastrando a Leonel que también alza la copa a duras penas. Por más desanimado que esté Leonel, a medida que avanza el almuerzo le vamos mejorando el ánimo. Trabajo, memorias de la adolescencia y niñez, más uno que otro chiste de por medio. La comida está excelente, y no tener a cuatro niños gritándome al oído basta para que describa a este almuerzo como uno agradable, incluso con “buena compañía”.

Aunque lo último, nunca lo diría en voz alta.

…..

Llegó a casa preparado mentalmente para meterme en terreno de guerra. Pero en lo que abro la puerta, no me recibe la cacofonía inminente de mis hijos. Lo que es raro, muy raro considerando que los dejé aquí.

—¿Niños? ¿Papá? — elevo la voz adentrándome en mi sala de estar.

Por más que avance por mi casa no encuentro a nadie. Está vacía, tengo que subir entonces al segundo piso para percibir el mismo silencio, y una gran calma. A excepción de la puerta de mi habitación, esa está abierta de par en par, escucho una melodía ligera proveniente de ella.

Tomo uno de los adornos que están en el pasillo, el de una figura humanoide alargada y la balanceo entre mi mano. Así, me acerco de poco a poco a la puerta.

Preparado para todo.

O… mejor dicho, preparado para nada.

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