Especial #LUCIANO
Narrado por Luciano Brown
Lo he logrado, sobrevivir al fin de semana sin Marianne y a cargo de mis cuatro diablillos. Si alguien me preguntase cómo lo logré, presumiría diciendo que lo hice gracias a mis excelsos dotes paternales; omitiendo por completo la ayuda de mi padre y que le he mentido como nunca a mi esposa en estos días.
¿Alguien puede culparme? Leonora se puso a presumir de los mortales que podía hacer a Liam y casi se parte el cuello; Lucero se tiró a propósito por las escaleras con una patineta; Layla ha roto la mitad de los juguetes que tiene y Lucien las únicas veces que está en silencio es durmiendo o comiendo.
Si esto de ser papá algo me ha enseñado, es que los niños tienen un instinto suicida peligroso que uno debe controlar. ¿Cómo le decía eso a Marianne? Por motivos de trabajo había tenido muchos viajes fuera del estado o país; viajes que parecían vacaciones lejos del caos de mi hogar. Ella merecía su propio escape, y yo no me iba a humillar diciendo que no podía encargarme de mis propias criaturas.
Igual, lo he logrado. Los reemplazos de Reina y Luisa han llegado este martes, y Liam anda con ellas encantado de la vida de abuelo. Por mi parte, estoy llegando a la oficina de Leandro, me ha pedido que venga por un asunto de la empresa. Su secretaria me saluda, y sé que me dirá que espere, pero me le adelanto y entro como Pedro por mi casa a la oficia de mi primo.
—¿Para qué me quieres? Explícamelo en dos minutos y estoy siendo generoso — digo tirándome en la silla del escritorio.
Leandro eleva la vista de los documentos que estaba leyendo y revira los ojos.
—Tú no cambias ni a palos — se queja mi primo, y después se dirige a su secretaria que me ha seguido y espera la reprimenda de su jefe por dejarme entrar — gracias Helen, puedes retirarte.
Despido con la mano a Helen que me da una sonrisa falsa de que no soy una grata persona para ella. Nos deja a solas finalmente.
—¿Por qué le caería mal? — me burlo.
—Nadie podría adivinarlo, si supieses como tocar la puerta o dejarla hacer su trabajo… — él guarda los documentos que tenía con éste.
—Sí, sí, me esforzaré en aprender a tocar puertas más adelante — miento — ¿me terminarás de explicar para qué me quieres aquí?
—Hoy está cumpliendo años Leonel — informa.
No tengo ninguna reacción.
—¿Y a mí qué? — digo inexpresivo.
—Ni le has enviado un mensaje felicitándole. ¿No es así?
—¿Debería? — bateo de regreso.
—Luciano... — él se soba la frente — ¿De verdad no lo puedes soltar?

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Un contrato inesperado con mi jefe