—Ya es suficiente de esto… — interviene nerviosa América — Los dos irán a charlar con el sacerdote como una pareja civilizada. Me encargaré de despedir al cortejo. Vayan, vayan.
A regañadientes Andrew sigue al sacerdote que intenta calmarlo, y aconsejarle. América por su parte, se dirige con molestia a Amanda, le agarra y aprieta con saña el brazo a ella.
—No puedes humillar a nuestra familia de esta forma Amanda. Te casarás, punto. ¿Me has oído? — reclama y cambia esa expresión furiosa a una de cortesía con el resto de los invitados.
De fondo ella va inventando excusas de estas escenas, y jurando que ha sido un mal día para los futuros esposos. Amanda me toma de la mano, temerosa y en búsqueda de apoyo.
—Dime que no me case con él, y no lo haré, hermana.
—¿Qué? — suelto sorprendida.
—¿Cómo pude ser así de ciega? Nuestro padre sólo quiere que me case con él por interés. Como quiere que tú te cases con Luciano por el mismo interés. Tú estás a tiempo de salvarte… — ella está llorando.
Me suelto de su agarre y le recuerdo varias cosas a mi favor.
—Mi relación con Luciano no es como la tuya con Andrew. Son diferentes, y lo sabes muy bien.
—¿Diferentes cómo? ¿No es igual de depravada que la mía? Lo admito, me casaré con el novio que te robé inmaduramente, pero qué de lo tuyo con Luciano.
La sorpresa me golpea de dos bofetadas más. Amanda confesando sus crímenes no estaba en mi bingo de este año. Tampoco que esté insinuando algo que no capto de Luciano.

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