—El mío tampoco ha sido el mejor que digamos… Si te contase las que me ha hecho últimamente — río más descomplicada y atenta a que sigue tomando mi mano.
Es muy tarde para percatarme del detalle de a dónde nos dirigimos. No le he preguntado ni una sola vez a Luciano a dónde es que íbamos. Y ahora que lo analizo, es que íbamos por una ruta muy parecida al edificio donde está mi departamento.
—¿Para dónde conduces? — indago sospechosa.
—¿Cómo que para dónde? Tienes un departamento que mostrarme. Es lo mínimo que me merezco. He sido un buen prometido, mucho mejor que el anterior, lo puedo jurar — suelta con facilidad.
Podría muy fácilmente dejarme seducir por su encanto natural, pero esta vez no lo dejó. Todavía está pendiente el caso de mi madrastra. Me suelto de él, me pongo más sería. Él me da un vistazo de reojo.
—¿Ahora qué hice?
—Es lo que quisiera saber… — tomo valor — Acabo de salir del ensayo de bodas más turbulento y patético de la historia. Amanda hizo un berrinche, no se quiere casar.
—¿Y en qué nos afecta eso? Nuestra boda sí se dará, es muy tarde para cancelarla.
—No lo será si lo que me dijo Amanda, es verdad — espeto nerviosa y firme, muy firme.
—¿Con qué te salió esa malcriada? — se burla Luciano.
—Con lo peor que se me puede ocurrir…
Él hace un sonido de repugnancia, seguido de uno de cansancio.
—No me digas que te insinuó que le coqueteé o algo similar, y tú le creíste — comenta aburrido.
Aquí vamos. Sin mirar atrás.
—No. Me insinuó que tuviste una aventura con América — aseguro.
El frenazo que da Luciano me agobia al instante. Es tan fuerte y los cauchos chirrían tanto, que me asusta. Mi cabeza rebota en mi asiento, y la mirada de asco de mi prometido es horripilante. Agradezco que no hubiese autos detrás de nosotros. El tránsito está ligero.

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