Mis palabras se llevan varias reprimendas que me resbalan. Me resbala cualquiera de las opiniones de estas mujeres.
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Para cuando regresamos al puerto y chequean a Amanda en la ambulancia, el auto de Sergio está llegando. América es la primera en salir corriendo a tomar entre sus brazos a Amanda. Ella está cubierta con una gran toalla en los hombros y sentada a la orilla de la parte de atrás de la ambulancia.
Paciente y tomándose su tiempo de llegar, está nuestro padre. Pero América no se puede aguardar a su llegada, deja de abrazar a su hija y me reclama furiosa.
—¿Qué le has hecho a mi hija? ¡Sucia zorra! — ella me alza la mano, me quiere abofetear.
Reacciono justo a tiempo para evitarlo, sostengo su muñeca y después la empujo con tal fuerza que mi madrastra tiene que dar unos pasos atrás.
—¿Cómo te atreves? ¡Insolente! — ella me grita.
A este nivel no me interesa la reacción que ella tenga, sino la de Sergio. Ese que está observándonos desde su usual vista calculadora. No se aproxima a Amanda para saber cómo está, no se aproxima a mí. A ese no le importa nadie. Sólo la dignidad familiar.
—¿Quién me dirá lo que ocurrió? — nos cuestiona.
—¿No escuchaste lo que dijo Amanda? ¡Marianne trató de matar a su bebé y a ella! ¡Tiene que estar con la policía por-
América no puede continuar hablando porque Sergio le planta su palma frente a su rostro. Como para que dejé de hablar. Él mira a Amanda, que está temblorosa, y baja la cabeza. Espera su versión.
—Estoy muy-muy confundida para recordar lo que pasó papá… Necesito descansar — dice asustada.
Después, Sergio se concentra en mí. Esperando mi versión. Esta vez no tendrá lágrimas, ni ruegos para que me crea. Le miro con la misma frialdad que él usa en mí.
—Amanda está mintiendo. Fue un teatro para cancelar la boda. No se quiere casar con Andrew — reveló.
Con ello América se ofende, Amanda es gobernada por el pánico y Sergio le mira intensamente.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Un contrato inesperado con mi jefe