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Un contrato inesperado con mi jefe romance Capítulo 85

—Hubiese sido más sencilla esa versión. ¿En qué cambia que sea uno o lo otro?

—Menos drama con mis tíos. Más compatible y creíble con mis gustos.

—¿Podrías explicarme más la parte del drama? ¿Cómo el matrimonio exprés no es lo suficientemente dramático de por sí?

—Lucía y Clara venían de abajo, y eso fue una guerra estúpida con ellos. Tampoco tenemos que exagerar con mi enamoramiento hacia ti. Que nuestro enlace sea conveniente, lo hará más factible. Sentaré cabeza con alguien a mi nivel. Es como debe ser.

Su versión me deja pensando y pensando en las cosas que no soy, y él quiere que sea. Me dan ganas de preguntarle que, si cuando esto se acabe, buscará a alguien más. Si otra mujer realmente le hará sentar cabeza o si su soltería valdrá mucho más que eso. No se lo puedo preguntar porque su celular suena, él da algunas respuestas escuetas y cuelga.

—Tendré que salir por algunas horas. Volveré para la cena — revela y quiere marcharse. Me alarmo.

—¡Espera! — le grito, él se detiene a verme — ¿Qué haré sola en esta casa? No me puedes dejar sola aquí. ¿No puedes llevarme contigo?

—No puedo llevarte conmigo, es trabajo. Y… haz lo que quieras, pídele ayuda a cualquier empleado que te encuentres, y harán lo que sea por ti. Regreso pronto — se despide.

Cierro de golpe mi maleta ya vacía ante la recomendación de Luciano. Miro el reloj de mi celular, y apenas son las tres de la tarde. Tenía como tres o cuatro horas en las que no sabía qué haría. Me tiro en la cama viendo al techo y con los brazos abiertos.

—¿Qué hago de aquí a la noche? ¿Cómo se divierten los millonarios?

Quedó maquinando mil respuestas estúpidas a esa pregunta. Se me ocurre que montar a caballo, pero nunca lo he hecho. También se me ocurre que nadar en su piscina, pero no sé si esta casa tenga piscina, tampoco metí un traje de baño. Alguien toca a mi puerta de repente.

—Pase… — pido sentándome en la cama.

La puerta se abre con una mujer con uniforme negro y delantal, lleva en sus manos muchas toallas dobladas de aspecto esponjoso.

—Con permiso, traje toallas para el baño. ¿Puedo pasar? — cuestiona esta con la cabeza baja.

Me paro de los nervios o la vergüenza de una vez.

—Sí, sí, ¿cómo no? Puedes pasar al baño — le informo.

Esta se dirige al baño y debe estar haciendo lo que dijo haría. Aprovecho para ver por la ventana con los brazos cruzados mientras ella termina de guardar las toallas. Sin embargo, una queja que esta da, me hace acercarme al baño.

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