Entrar Via

Una esposa para el MAFIOSO romance Capítulo 1

Capítulo 1 —La hija como moneda de cambio

Vera Salerno supo que algo estaba mal cuando su padre le pidió que se vistiera elegante para la cena. No era una sugerencia. Arturo Salerno jamás sugería nada. Ordenaba con esa calma educada que usaba cuando necesitaba esconder una amenaza detrás de los buenos modales.

Bajó al comedor con el cabello recogido, el vestido sobrio y la espalda recta. No iba a regalarles miedo. Si algo había heredado de su madre era esa serenidad afilada que incomodaba a los hombres cuando creían tenerlo todo decidido.

Al llegar, confirmó sus sospechas.

La mesa estaba ocupada por los de siempre, pero no era una cena normal. Su tío Claudio no había tocado la copa. Los primos de su padre hablaban en voz baja. El abogado de los Salerno estaba sentado cerca de Arturo con una carpeta oscura frente a él y las manos cruzadas sobre la mesa.

Vera se detuvo en la entrada.

—¿Qué está pasando?

Arturo levantó la vista. Llevaba uno de sus trajes impecables, pero algo en su rostro no encajaba con esa perfección.

—Llegas tarde.

—No me respondiste.

—Siéntate, Vera.

La orden fue suave, pero seguía siendo una orden. Ella no obedeció.

Durante un segundo, todos evitaron mirarla. Eso fue peor que cualquier explicación. En aquella casa, los silencios casi siempre eran más honestos que las palabras.

—¿Desde cuándo el abogado viene a cenar con nosotros? —preguntó.

El hombre bajó la mirada hacia la carpeta, Arturo no.

—Hay asuntos que resolver.

Vera soltó una risa corta, sin humor.

—Eso significa que alguien hizo algo estúpido.

Uno de sus primos se removió en la silla. Su tío Claudio murmuró su nombre como advertencia, pero ella ni siquiera lo miró. Si la habían llamado para presenciar un desastre, al menos iban a tener la decencia de decirle cuál.

Arturo apoyó los dedos sobre la mesa.

—Esta noche necesito que escuches antes de reaccionar.

—Entonces empieza hablando claro.

El rostro de su padre se endureció. No estaba acostumbrado a que lo desafiaran frente a otros hombres. Vera lo sabía, y también sabía que esa era la razón por la que solía callar. No por respeto, sino por cálculo. Una mujer criada en una familia como la suya aprendía pronto que la dignidad era una moneda que convenía guardar para el momento exacto. Esa noche, el momento parecía haber llegado solo.

—La familia atraviesa una situación delicada —dijo Arturo.

—¿Delicada? —repitió Vera—. ¿Ese es el nombre elegante para una deuda?

La mandíbula de Arturo se tensó.

—No sabes lo que estás diciendo.

—Sé lo suficiente. Hace meses que los hombres entran y salen de esta casa como si vinieran a cobrar un funeral. Sé que vendiste propiedades. Sé que cerraste negocios que mi madre jamás habría permitido. Y sé que cada vez que pregunto, me tratas como si todavía tuviera doce años.

Nombrar a su madre hizo que el aire cambiara. No hubo escándalo, nadie se movió, pero Vera sintió la incomodidad recorrer la mesa. Su madre seguía siendo una presencia difícil de tragar, incluso muerta.

Arturo apartó la copa sin beber.

—No uses a tu madre para justificar tu insolencia.

—No la uso, la recuerdo, que es distinto.

—Basta.

Vera entró al comedor y se acercó a la mesa, pero no se sentó. Vio entonces que la carpeta no estaba cerrada del todo. En una esquina asomaba una hoja con sellos, firmas y un encabezado legal que no alcanzó a leer. El abogado cubrió el documento con la mano demasiado tarde.

Un frío lento le recorrió la espalda.

—¿Qué firmaste?

Arturo no respondió de inmediato. Y ese silencio fue peor que una confesión.

—Vera —dijo él al fin—, todo lo que he hecho ha sido para evitar que esta casa se hunda.

—No te pregunté por qué, te pregunté qué firmaste.

Claudio se inclinó hacia ella con un gesto cansado.

—Tu padre intenta proteger lo que queda.

—¿Lo que queda de qué? ¿De la familia o de su orgullo?

El tío desvió la mirada. Vera sintió que la rabia empezaba a ordenarle los pensamientos. Hombres nerviosos, un abogado incómodo, documentos escondidos, no era una cena, era una operación.

—Me llamaste para que estuviera presente —dijo, mirando a Arturo—. No para preguntarme nada.

Él apretó los labios.

—Hay decisiones que no pueden esperar.

—¿Y qué tengo que ver yo con esas decisiones?

Nadie contestó.

Vera sintió que el corazón le golpeaba una vez, fuerte, como si quisiera advertirle antes de que su mente llegara a la respuesta. Volvió a mirar la carpeta. El abogado tragó saliva. Arturo se puso de pie.

—Tienes que entender que tu apellido tiene peso.

Ella retrocedió un paso casi imperceptible.

—No.

No sabía todavía qué venía, pero algo dentro de ella ya lo había entendido. No eran tierras, no eran rutas, no era dinero; era ella.

Capítulo 1 —La hija como moneda de cambio 1

Verify captcha to read the content.VERIFYCAPTCHA_LABEL

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Una esposa para el MAFIOSO