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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 105

ZAYED

Llegue a Abu Dabi con una sola idea en la cabeza: cerrar el asunto de las navieras del jeque Bin Saqr en un par de horas, subirme al avión y estar en casa a las siete, como le prometí a Mariana. Con tiempo de sobra para arreglarme, aguantar la fiesta de mi padre y no soltarle la mano en toda la noche.

Me recibieron los apoderados de Bin Saqr; el viejo no estaba, "tenía un compromiso familiar ineludible en Dubái esa noche". Tres abogados y un director, todos sonrisas.

Una cláusula de seguros que se resuelve con una llamada nos tomó casi una hora. Cuando quise cerrar el punto, apareció un segundo expediente "para revisar con calma". Cuando terminé ese, salió un tercero. Cada vez que decía que me tenía que ir, alguno encontraba, un último detalle imprescindible.

Nunca debí aceptar cerrar esta negociación, pero me padre insistió.

Cuando por fin me levanté, decidido a marcharme con o sin acuerdo, el director abrió los brazos.

—Señor Al Rashid, no nos haga este desaire. Tenemos la cena preparada en su honor. El jeque Bin Saqr nos pidió expresamente que lo atendiéramos como se merece. —Sonrió—. ¿Qué le vamos a decir si se va sin probar bocado?

Debí irme en ese instante. Debí darles las gracias, dar media vuelta y salir.

Pero un hombre no le hace un desaire público a la casa Bin Saqr sin consecuencias, y yo llevo toda la vida entrenado para eso: para tragarme la prisa, sonreír y quedarme.

Me quedé a cenar.

Y esa fue mi condena.

Mientras servían la cena, busqué mi teléfono.

No estaba. Ni en el saco, ni en el pantalón, ni en el portafolio. Lo revisé tres veces por debajo de la mesa.

—¿Busca algo, señor?

—Mi teléfono. Debe estar en el auto.

Mandaron a un empleado. Volvió un rato después: no estaba en el auto.

—Se le habrá quedado en la sala de juntas. Aparecerá, estas cosas siempre aparecen. —Me acercó una fuente—. Coma, señor, se le enfría.

Pedí uno prestado. Me lo pasaron sin pestañear.

Y ahí me di cuenta de algo humillante: no me sé el número de mi esposa. Nunca lo marqué; está guardado en un aparato que ya no tengo, debajo de una foto de ella cargando a Valentina. Lo único que se me ocurrió fue llamar a Khalid, cuyo número sí me sé, y timbró hasta el buzón.

Colgué.

—Mañana lo arregla, señor. Nadie se muere por no contestar una noche.

Después de la cena ya estaba listo para irme.

—Tenemos problemas con el avión. —me informó uno de los por lotos.

—Consíganme otro avión. —exigí.

No había. Esa noche, con ese aviso, no había ninguno.

—Un auto, entonces. Manejo yo.

—Señor, son casi cuatro horas de carretera de noche, después de un día entero de trabajo. —El director bajó la voz, solícito—. Tenemos habitaciones preparadas y desayuno temprano. Sale al amanecer y llega a Dubái sin arriesgar el pellejo en la autopista. El jeque jamás nos perdonaría que lo dejáramos manejar así.

Todos asintieron, preocupadísimos por mi bienestar.

Y yo, con la mandíbula apretada, calculé.

Salir de madrugada era llegar a la fiesta de mi padre a la mitad, con la ropa de la junta, después de dos horas de carretera, tarde y mal, a la casa de un hombre que no perdona una impuntualidad.

Salir al amanecer era llegar a Dubái antes de que despertara la casa.

Elegí quedarme.

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