MARIANA
Subí a la habitación y saqué la maleta antes de que mi madre terminara de cerrar la puerta.
—Nos vamos —dijo ella—. Esta noche, Mariana. No pienso dejarte dormir bajo el techo del hombre que te acaba de escupir delante de doscientas personas.
—Ya lo sé, ma. —Abrí el clóset—. Ayúdame con lo de Valentina.
Mi madre se quedó parada un segundo, esperando la pelea que no llegó.
—¿Así nada más?
—Así nada más.
Porque no había nada que discutir.
Yo no me iba huyendo. Que quede claro. Yo no soy de las que se van llorando por un pasillo. Yo me iba porque en esa casa acababan de anunciarle a todo Dubái que yo era un error que se pagaba en cuotas, y porque hay lugares donde una mujer ya no puede dormir sin perderse el respeto.
Pero no me iba a México. Todavía no.
—Nos vamos de la casa —le aclaré, doblando la ropa de mi hija con las manos firmes—. No del país. Zayed regresa en unos días y me va a ver la cara y me va a explicar esa firma. Con esa cláusula en la mano y mirándome a los ojos. Me lo debe.
—¿Y si te dice que sí se casa con esa muchacha?
—Entonces me lo dice de frente. —Cerré la maleta de un golpe—. Y yo me largo con la cabeza en alto y sabiendo la verdad. Pero no me voy de este país con la versión de su papá. La quiero de la boca de él.
Mi madre me miró, y por primera vez esa noche, asintió con algo parecido al orgullo.
—Esa es mi hija.
Gabi nos alcanzó en las escaleras, con Valentina dormida en brazos y la cara descompuesta.
—Layla me contó. —Estaba temblando de rabia—. Mari, ese viejo desgraciado, delante de la prensa, con la niña arriba, yo—
—Ahorita no. —Le quité a mi hija con cuidado—. Ahorita necesito cabeza fría, no coraje. Ya me sobra el mío.
—Voy con ustedes.
—No.
—Mariana—
—No. —Le sostuve la mirada—. Te quedas.
—¡No te voy a dejar sola con—!
—Gabi. —Bajé la voz—. Alguien tiene que quedarse aquí. Yo salgo de esta casa esta noche, pero no pienso perder de vista lo que pasa adentro. Necesito ojos aquí. Necesito saber cuándo vuelve Zayed, qué se dice, qué se firma, qué se mueve. —Le apreté el brazo—. Y necesito que alguien cuide lo nuestro, la empresa, los contratos, todo lo que levantamos tú y yo. Si nos vamos las dos, perdemos todo. Y yo ya perdí suficiente por hoy.
Gabi apretó la mandíbula. Y asintió, porque es lista aunque le duela.
—Te aviso todo. Todo, Mari. Aunque sea que alguien estornude.
—Eso quiero.
Karim nos cerró el paso en la puerta principal.
—Señora, por favor. Espere al señor Zayed.
—Lo voy a esperar, Karim. —Me acomodé a Valentina en el hombro—. Pero no adentro de esta casa. Abre el portón.
—Señora—
—Abre el portón.
Lo abrió.
Y en cuanto pusimos un pie afuera, se nos vino el mundo encima.
Los flashes explotaron todos al mismo tiempo. Los que no entraron a la fiesta llevaban horas acampados en la reja, y en cuanto vieron salir a la esposa del jeque con una maleta y una niña, se lanzaron como perros.
—¡Mariana! ¡¿Qué opina del compromiso de su esposo?!
—¡¿Es cierto que el matrimonio fue pagado?!
—¡Señora! ¡¿La corrieron de la casa?!
Le tapé la cara a mi hija con el rebozo de mi madre y avancé sin agachar la cabeza. Ni un paso más rápido de lo necesario. Ni una palabra.
—¡Quítense, buitres! —gritaba mi madre a mis espaldas, abriéndose paso a codazos—. ¡Traemos una criatura dormida! ¡Respeten!
—No les contestes, ma. Camina.
Pero no había a dónde caminar. Un muro de cuerpos, de lentes, de micrófonos. Ni un taxi. Ni una salida.
Y entonces, entre los flashes, se abrió la puerta de un carro negro.

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