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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 110

ZAYED

Me pasé tres días encerrado con abogados buscando una salida.

Khalid trajo a los mejores del despacho. Revisamos el contrato línea por línea, cláusula por cláusula, buscando un error, un tecnicismo, una grieta por donde meter la uña y romperlo. Mandé emisarios a la casa Bin Saqr. Ofrecí dinero, ofrecí otros negocios, ofrecí cualquier cosa con tal de disolver ese compromiso sin arrastrar a mi familia al abismo.

La respuesta del viejo Bin Saqr fue siempre la misma, envuelta en cortesías:

El honor no se compra. El pacto se cumple. O su hijo se casa con mi hija, o la casa Al Rashid responde por la afrenta con todo lo que tiene.

No cedían. No iban a ceder.

Y al tercer día, agotado, con los ojos rojos y la corbata deshecha, entendí que no iba a encontrar la salida perfecta antes de perderla a ella.

Así que decidí lo único que me quedaba: ir a buscarla. Mirarla a los ojos. Pedirle que me esperara, que me diera tiempo, que confiara en mí una vez más mientras yo desarmaba esta trampa pieza por pieza.

Aunque tardara meses. Aunque me costara todo.

La casa de Omar Hamza era una fortaleza blanca con muros altos y cámaras en cada esquina.

Toqué. Salió un guardia. Di mi nombre. Esperé.

Y al rato, en lugar de mi esposa, apareció él.

Omar. En la puerta de su casa, impecable, con las manos en los bolsillos y una calma que me hirvió la sangre desde el primer segundo.

—Al Rashid. —Ni me tendió la mano—. No te esperaba.

—Vengo por Mariana. —No tenía tiempo para juegos—. Dile que salga. Necesito hablar con mi esposa.

—Tu esposa. —Sonrió apenas—. Qué manera tan curiosa de referirte a la mujer que humillaste delante de doscientas personas y luego dejaste tirada en la calle a medianoche.

—Dile que salga, Omar.

—Ya se lo pregunté. —Se recargó en el marco de la puerta, tranquilísimo—. En cuanto avisaron que estabas afuera. ¿Y sabes qué me dijo? Que no quiere verte. Con esas palabras. "No quiero verlo." —Ladeó la cabeza—. Deberías respetarlo. Es lo mínimo que le debes.

—No te creo. —Di un paso hacia la puerta—. Mariana no—

—Mariana está durmiendo bajo mi techo por voluntad propia. —Me cerró el paso con el brazo—. Comiendo en mi mesa. Su hija jugando en mi jardín. Y no quiere verte. Métete eso en la cabeza, jeque. Ella eligió. Y no te eligió a ti.

No sé en qué momento lo agarré de las solapas.

Solo sé que de pronto lo tenía contra la pared, con el antebrazo cruzado en su pecho, y la voz me salía rota de un lugar que no reconocía.

—¡MARIANA! —grité hacia la casa, por encima de su hombro—. ¡MARIANA, SOY YO! ¡SÉ QUE ME ESTÁS OYENDO! ¡NO ES LO QUE CREES, TE LO JURO! ¡DÉJAME EXPLICARTE!

—No va a bajar. —Omar sonreía, aunque lo tenía sujeto—. Y estás haciendo el ridículo en mi puerta.

Le solté un puñetazo.

Le partí el labio y lo sé porque sentí el crujido en los nudillos. Omar se tambaleó, se recompuso, y me devolvió el golpe con una fuerza que no esperaba de un hombre de traje: me reventó el pómulo y me hizo probar mi propia sangre.

Nos fuimos encima el uno del otro. Dos hombres en la entrada de una mansión, dándose golpes como animales, con años de odio saliendo en cada uno.

—¡SEGURIDAD! —gritó Omar, escupiendo sangre—. ¡Saquen a este hombre de mi propiedad!

Cuatro guardias me cayeron encima. Me sujetaron los brazos, me arrastraron hacia el portón mientras yo seguía gritando el nombre de mi esposa hacia una ventana oscura que no se encendió.

—¡MARIANA!

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