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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 109

MARIANA

La encontré en el pasillo cuando iba por un vaso de agua para Valentina.

Nadia.

La esposa de Omar. La exprometida de Zayed.

—Así que es cierto. —Me barrió de arriba abajo con la mirada—. La famosa mexicana. Durmiendo en mi casa. En la casa de mi marido. Qué descaro más grande tienes.

—Nadia. —Traté de sonar tranquila—. No quiero problemas. Estoy aquí solo unos días, me voy en cuanto—

—¿Sabes lo que me costaste? —Dio un paso, y le temblaba la voz de rabia—. Yo me iba a casar con Zayed Al Rashid. ¿Lo sabías? Todo estaba listo. La boda del año. Y llegaste tú, una organizadora de eventos cualquiera, te metiste en su cama la víspera, y saliste en fotos con él. Mi familia canceló todo por la vergüenza. Me arruinaste, mexicana. Me dejaste marcada. Tuve que casarme con el primero que me quiso para tapar el escándalo. —Se le quebró la voz—. Y ahora, después de quitarme a un marido, vienes a mi casa a quitarme el otro.

—Yo no vine a quitarte nada—

—¡Claro que sí! —gritó—. ¡Mírate! ¡Omar no puede quitarte los ojos de encima! ¡Te llena de regalos, te da la mejor habitación, anda como un adolescente desde que llegaste! ¿Crees que soy ciega? Primero Zayed, ahora Omar. ¿Qué tienes tú, eh? ¿Qué les haces a los hombres?

—Ya basta.

La voz de Omar cayó desde el fondo del pasillo, y a Nadia se le heló la cara al instante.

Venía caminando despacio, con las manos en los bolsillos, y una frialdad que no le había visto hasta ese momento.

—Omar, yo solo...

—Cállate. —Ni la miró a ella. Me miraba a mí—. Le vas a pedir una disculpa a nuestra invitada. Ahora mismo.

—¿Qué? —Nadia palideció—. Omar, esta mujer...

—Esta mujer es mi invitada y está bajo mi techo. —Su voz no subió ni un grado, y por eso mismo daba más miedo—. Y tú acabas de faltarle el respeto en mi propia casa como una verdulera. Discúlpate. No lo voy a repetir.

Y ahí vi algo que me revolvió el estómago.

Vi a Nadia —esa mujer que hacía un segundo me gritaba con toda la furia del mundo— encogerse. Bajar los hombros. Tragarse el orgullo entero delante de mí, con los ojos llenos de lágrimas de pura humillación.

—Discúlpame. —Le salió apenas.

Y no me lo dijo a mí. Se lo dijo al piso.

Y no pude soportarlo.

—No. —Di un paso—. No, Nadia. La que se tiene que disculpar soy yo.

Los dos me miraron, sorprendidos.

—Tienes razón. —La miré a los ojos—. En todo. Yo no sabía quién era Zayed esa noche, te lo juro, no fue a propósito, pero eso a ti no te devuelve nada. Tu boda se canceló por algo en lo que yo estuve metida, y eso te cambió la vida sin que tú lo eligieras. Lo lamento de verdad. No vine a quitarte a nadie, Nadia. Ni a Zayed entonces, ni a nadie ahora. Pero entiendo tu rabia. Y la mía contigo no va a arreglar nada.

Nadia se me quedó viendo

—Ya. —Omar cortó el momento, seco—. Suficiente. Nadia, retírate. Déjanos.

Nadia me lanzó una última mirada y se fue por el pasillo, rápido, sin mirar a su marido.

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