MARIANA
Pensé en Valentina, dormida en brazos de mi madre, del otro lado de esa puerta.
Y se me aclaró la cabeza de golpe, como se me aclara siempre que el peligro toca a mi hija.
—¿Y si no quiero quedarme? —le cuestioné.
—Creo que no tienes opción; si no es por la buena, será por la mala.
Fui una estúpida, ¿cómo pude confiarme en un hombre que ya me había atacado una vez?
—Está bien. —Levanté la barbilla—. Pero mi madre y mi hija no tienen nada que ver en esto. Ellas se van. Hoy. A México. Y no las tocas, ni las sigues, ni les haces nada. Déjalas ir, Omar.
Omar me estudió un momento.
—¿Y tú?
—Yo me quedo. —Se me quebró algo por dentro al decirlo, pero no dejé que se me notara—. Es lo que quieres, ¿no? A mí. Pues aquí me tienes. Pero a cambio, mi hija y mi madre salen de este país sanas y salvas. Esa es mi condición. La única.
—Hecho. —Ni lo pensó—. Es más, seré generoso. Las mando en mi avión privado. Directo a Guadalajara, sin escalas. —Sonrió—. Así me aseguro de que tu madre no intente desviar el vuelo a mitad de camino ni bajarse en Dubái a buscarte. Un avión privado, Mariana, no hace paradas que yo no autorice. Tu hija estará en México mañana por la mañana. Con eso deberías quedarte tranquila.
Lo miré. Y entendí que hasta su generosidad era una cadena: no era un regalo, era asegurarse de que nadie diera media vuelta.
—Acepto. —Tragué—. Pero júrame que llegan bien.
—Tienes mi palabra. —Se llevó la mano al pecho, con una solemnidad que me dio asco—. Yo no lastimo a niñas ni a ancianas, Mariana. Yo solo colecciono lo que me gusta. Y a mí me gustas tú.
Salí del despacho con las piernas temblando y la cara compuesta, porque a mi madre no le podía mostrar ni una grieta.
—Ma. —La llevé a un rincón, lejos de los guardias—. Escúchame bien y no me interrumpas. Tú y Valentina se van a México esta noche. En un avión privado. Es lo mejor. Es lo más seguro.

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