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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 139

ZAYED

Llevaba toda la mañana en la oficina que Nassar me había prestado, enterrado en cifras.

Cuatro días desde que Khalid dejó plantada su boda y se subió a un avión detrás de Gabi. Cada vez que me acordaba, sonreía solo como un tonto. Mi hermano, el prudente, el que se escondía detrás de su código de ética, lo había tirado todo por amor. Lo llamé el día que aterrizó en México. Nunca lo había oído tan libre. Hizo lo correcto, aunque el mundo diga que hizo una locura.

Nassar y yo estábamos armando algo bueno, ladrillo por ladrillo: una empresa nueva, limpia, sin una huella del apellido que mi padre me quitó. Iba a costar, pero iba a ser nuestra.

Levanté la vista y miré por el ventanal.

En el jardín, Mariana y yo teníamos la mejor vista del mundo: Valentina, correteando detrás de Farida, que le iba mostrando cada planta, cada flor, cada rincón, como si le enseñara un reino. La niña señalaba todo, preguntaba todo, se reía de todo. Y Farida, que llevaba años sin una risa de niño en casa, se veía diez años más joven.

—Mira nada más. —Mariana apareció a mi lado, siguiendo mi mirada—. Farida ya la adoptó. Mi hija tiene abuela nueva y ni lo pidió.

—En esta casa nos están malcriando a todos. —La abracé por la cintura, con cuidado de la costilla—. No me quiero acostumbrar, pero me estoy acostumbrando.

Una muchacha del servicio tocó la puerta de la oficina.

—Señores, disculpen. Tienen visita. Está en el salón.

—¿Visita? —Mariana y yo nos miramos. Nadie sabía que estábamos aquí, esa era la idea—. ¿Quién?

—Un joven. Dice que lo manda el señor Hassan.

Se me aceleró el corazón. Bajamos al salón, y ahí, de pie, con la gorra en la mano y esa sonrisa suya de siempre, estaba Karim. Y a su lado, Carmen, que ya lo había interceptado y lo tenía tomado del brazo, interrogándolo.

—¿Y Hassan? —le preguntaba mi suegra—. ¿Cómo está ese hombre? ¿Comiendo bien? Porque los hombres solos no comen bien, yo los conozco.

—Está bien, doña Carmen. —Karim se reía—. Fuerte como un roble. Le manda saludos, por cierto.

—Karim. —Crucé el salón y le estreché la mano—. Qué sorpresa. ¿Cómo entraste sin que nadie te siguiera?

—Con las mañas que me enseñó mi tío. —Sonrió—. Di tantas vueltas por Dubái que ni yo sé por dónde vine. Nadie me siguió. Hassan me mandó a ver cómo estaba usted; no se quedó tranquilo desde que lo encontré en el piso. Quiere saber, a través de mis ojos, que se recupera.

—Dile que estoy vivo y peleando. —Me señalé la costilla—. Todavía cojo, todavía me duele respirar hondo, pero cada día menos. Gracias a él, y a ti. Si no llegas cuando llegaste, Karim, esta conversación no existiría.

—Estaba en el lugar correcto, nada más. —Bajó la mirada, incómodo con el agradecimiento—. Cualquiera habría hecho lo mismo.

—No cualquiera. —Mariana se acercó—. Tú lo cargaste, lo subiste al auto, lo trajiste. Le salvaste la vida a mi esposo, Karim. Eso no se paga. Eres un buen hombre. De los pocos buenos que quedan en esa casa.

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