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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 140

KARIM

Llegué al palacio con el táper de sopa de doña Carmen todavía en el asiento y la promesa que le hice al señor Zayed pesándome en el pecho.

*Cuida a mi hermana.*

No tuve que esperar mucho para entender de qué me hablaba.

Apenas crucé la puerta de servicio, oí el estruendo. Vidrios rompiéndose contra una pared. Y después la voz de Mansour.

—¡Inútil! ¡Eres una inútil, igual que tus hermanos! —Se oía desde el salón, clarísimo—. ¡Una hija que no sirve ni para obedecer! ¡Lo único que te pido es que hagas lo correcto por esta familia, y ni para eso alcanzas! ¡Tus hermanos me humillaron y tú te quedas ahí parada como una estatua, sin decir nada, sin servir para nada!

Se me apretaron los puños.

Di un paso hacia el salón. Iba a entrar. Iba a meterme y a decirle a ese viejo que dejara de gritarle a su hija, que Layla no tenía la culpa de nada, que un padre no le habla así a una mujer que no ha hecho más que obedecerlo toda la vida.

Pero me detuve.

Porque si entraba, si abría la boca, Mansour me sacaba de esa casa esa misma tarde. Y un chofer despedido no le sirve de nada a Layla. Un chofer despedido no puede cuidarla, ni vigilarla, ni sacarla de ahí si las cosas se ponen peor. La única forma de protegerla era quedándome. Callado. Invisible. Cerca.

Así que me tragué la rabia, apreté los dientes, y esperé.

Layla salió del salón unos minutos después, pálida, con los ojos rojos y la barbilla temblándole del esfuerzo de no llorar delante de nadie.

—Señorita Layla. —Me acerqué—. ¿Está bien? ¿Qué pasó?

—No me molestes, Karim. —Ni me miró. Pasó a mi lado rápido, con la voz quebrada—. Ahora no. Déjame en paz.

Y subió corriendo las escaleras.

Debí quedarme abajo. Un chofer no sube a la habitación de la hija. Es la regla más básica de todas.

Subí de todos modos.

La puerta de su habitación estaba entreabierta. La empujé despacio, y la oí antes de verla: el llanto ahogado, viniendo del baño, ese llanto que uno hace cuando lleva años aprendiendo a llorar sin ruido para que nadie lo oiga.

La encontré sentada en el borde de la tina, con la cara entre las manos, deshecha.

—Señorita.

Levantó la cabeza de golpe.

—¿Qué haces aquí? —Se limpió la cara, furiosa de que la viera así—. ¡Sal de mi habitación, Karim! ¡No puedes estar aquí! ¡Vete!

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