LAYLA
Llevaba tres días encerrada en mi habitación, sin saber nada de Karim.
Tres días desde que se lo llevaron a rastras, golpeado, al sótano. Tres días en que mi padre no me dijo una palabra de él. No sabía si estaba vivo o muerto. No sabía si Hassan había logrado sacarlo o si mi padre había cumplido su amenaza. Cada noche me dormía llorando, imaginando lo peor, y cada mañana me despertaba con el mismo hueco en el pecho.
Solo tenía una cosa a la que aferrarme: que Hassan había desaparecido de la casa el mismo día. Se había ido sin avisar, dejando su puesto. Y algo en mí quería creer que si Hassan se había ido, era porque se había llevado a Karim. Que estaban juntos. Que estaban vivos.
Era lo único que me sostenía.
Esa mañana, la casa amaneció revuelta.
Lo noté desde temprano, por el ruido: teléfonos sonando, mi padre gritando en su estudio, puertas azotándose. Algo había pasado. Algo grande. Me asomé al pasillo y una de las criadas, pálida, me susurró al pasar:
—Señorita, arrestaron a su hermano. Al señor Zayed. Está en la prensa. Dicen que en negocios sucios con el señor Hamza.
Se me heló la sangre.
Zayed. Preso. Mi hermano, el que me había prometido protegerme, el que había mandado a Karim a cuidarme, ahora encerrado en una celda. Todo se estaba cayendo. Toda mi familia se desmoronaba pieza por pieza, y yo, encerrada en mi cuarto, no podía hacer nada.
Pero lo que no me esperaba era lo que ese arresto iba a provocar.
A media mañana, mi padre me mandó llamar a su estudio.
Bajé con miedo, como siempre que me llamaba. Lo encontré de pie junto a la ventana, con el teléfono todavía en la mano y la cara descompuesta de furia.
—Se acabó. —Lo dijo sin voltear—. La boda se canceló.
Por un segundo, el corazón me dio un vuelco de esperanza.
—¿La… la mía?
—¿De quién más, Layla? —Se giró, echando fuego por los ojos—. Mi socio acaba de llamarme. El muy cobarde. Me dijo que después de lo de tu hermano, del escándalo, de ver el apellido Al Rashid en todos los periódicos ligado a un caso de lavado de dinero, ya no le "conviene" emparentar con esta familia. —Escupió la palabra con desprecio—. Que no quiere mancharse. Que un hombre de su posición no puede casarse con la hija de una familia bajo investigación. —Golpeó el escritorio con el bastón—. ¡Me dejó plantado! ¡A mí! ¡Después de todo lo que arreglé!
Yo bajé la mirada para que no me viera la cara. Porque por dentro, aunque no lo podía demostrar, sentí que respiraba por primera vez en semanas.
No me iba a casar con ese viejo repugnante. No iba a tener que soportar sus manos, su olor, su desprecio. El escándalo de Zayed, que hundía a mi familia, me acababa de salvar a mí de un destino que me daba pavor.
La vida, a veces, salva con la misma mano con la que golpea.


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